Solo
Cuando era chico dormía en un cuarto que tenía dos puertas con vidrios repartidos, si así se dice. Esto significó que sólo conociera la privacidad en el baño grande de la casa, único que tenía llave. También había un baño muy chico, en el que entraba nada más que un inodoro, una escalera de madera de pintor, algunas cosas de limpieza y el olor que llegaba por la ventana. Olor a pulmón de manzana podrida.
A todos nos parecía un lugar igual de desagradable. Tanto que muy pocas veces fue usado como baño. Pasó a cumplir funciones de placard con un inodoro que lo único que digería eran litros de aceite usado, sopa quemada y comida vencida.
Aprovechando esta idea instalada en la cabeza de mi familia, yo hice de ese baño mi lugar de proceso de enojos intensos. Así, las veces que estaba fuera de mí, caminaba como un caballo volviendo a casa y me metía en el baño chico. Ahí, sin prender la luz, cerraba la puerta, corría la escoba y trepaba a la escalera, hasta sentarme en el escalón superior. Gracias a esta ubicación, fui invisible a los ojos de mi mamá o papá cuando, buscándome y después de golpear la puerta del bañito sin respuesta, la abrían esperando encontrarme sentado en el inodoro.
Nunca fui descubierto.
El proceso para volverme invisible era siempre el mismo. Llegaba y ocupaba mi asiento elevado. Cuanto ganaba el equilibrio suficiente para no tener que pensar más en eso, me amigaba con el olor. Dos minutos de respiración eran suficientes. Ayudaba también el hecho de tener un objetivo tan claro. Una vez olfativamente cómodo, cerraba los ojos, imaginando que mi piel se volvía del color de la oscuridad total, y que así quedaría aunque la puerta fuera abierta sin previo aviso. Cuando desde mi cabeza ya no podía ver mi cuerpo, me transportaba. Elegía en general el patio al que daba la ventanita del baño. Un patio horrendo, lleno de basura, oscuro, con una puerta imposible de abrirse desde adentro de la cantidad de porquerías que la mantenían pegada al marco. En ese patio me sentaba sin miedo de ensuciar mi ropa, que ya no existía. Pasaba horas ahí. Tranquilo, sabiendo que nadie me encontraría. Con la dedicación exclusiva de mi mente en expulsar el malestar. Digiriendo en horas los estímulos que, entrando en segundos, habían sido demasiado para mí. Perdonándome y perdonando. Asimilando las intenciones de quien me puso en este mundo. Casi entendiendo mi función en el planeta. Sintiéndome más fuerte que nunca, más saludable, impermeable.
Salía a la luz con una sensibilidad especial. Con una paz conseguida a voluntad. Con el aire mental suficiente como para que ninguna gota hiciera rebalsar el vaso. Amigo de todos y dispuesto a hacer y hacerme el bien, respondía siempre lo mismo cuando me preguntaban dónde había estado. Solo.
