jueves, septiembre 22, 2005

Solo

Cuando era chico dormía en un cuarto que tenía dos puertas con vidrios repartidos, si así se dice. Esto significó que sólo conociera la privacidad en el baño grande de la casa, único que tenía llave. También había un baño muy chico, en el que entraba nada más que un inodoro, una escalera de madera de pintor, algunas cosas de limpieza y el olor que llegaba por la ventana. Olor a pulmón de manzana podrida.

A todos nos parecía un lugar igual de desagradable. Tanto que muy pocas veces fue usado como baño. Pasó a cumplir funciones de placard con un inodoro que lo único que digería eran litros de aceite usado, sopa quemada y comida vencida.

Aprovechando esta idea instalada en la cabeza de mi familia, yo hice de ese baño mi lugar de proceso de enojos intensos. Así, las veces que estaba fuera de mí, caminaba como un caballo volviendo a casa y me metía en el baño chico. Ahí, sin prender la luz, cerraba la puerta, corría la escoba y trepaba a la escalera, hasta sentarme en el escalón superior. Gracias a esta ubicación, fui invisible a los ojos de mi mamá o papá cuando, buscándome y después de golpear la puerta del bañito sin respuesta, la abrían esperando encontrarme sentado en el inodoro.

Nunca fui descubierto.

El proceso para volverme invisible era siempre el mismo. Llegaba y ocupaba mi asiento elevado. Cuanto ganaba el equilibrio suficiente para no tener que pensar más en eso, me amigaba con el olor. Dos minutos de respiración eran suficientes. Ayudaba también el hecho de tener un objetivo tan claro. Una vez olfativamente cómodo, cerraba los ojos, imaginando que mi piel se volvía del color de la oscuridad total, y que así quedaría aunque la puerta fuera abierta sin previo aviso. Cuando desde mi cabeza ya no podía ver mi cuerpo, me transportaba. Elegía en general el patio al que daba la ventanita del baño. Un patio horrendo, lleno de basura, oscuro, con una puerta imposible de abrirse desde adentro de la cantidad de porquerías que la mantenían pegada al marco. En ese patio me sentaba sin miedo de ensuciar mi ropa, que ya no existía. Pasaba horas ahí. Tranquilo, sabiendo que nadie me encontraría. Con la dedicación exclusiva de mi mente en expulsar el malestar. Digiriendo en horas los estímulos que, entrando en segundos, habían sido demasiado para mí. Perdonándome y perdonando. Asimilando las intenciones de quien me puso en este mundo. Casi entendiendo mi función en el planeta. Sintiéndome más fuerte que nunca, más saludable, impermeable.

Salía a la luz con una sensibilidad especial. Con una paz conseguida a voluntad. Con el aire mental suficiente como para que ninguna gota hiciera rebalsar el vaso. Amigo de todos y dispuesto a hacer y hacerme el bien, respondía siempre lo mismo cuando me preguntaban dónde había estado. Solo.

miércoles, septiembre 21, 2005

Transiciones

El hombre llega al cine. Pide una entrada para ver la película "Morir a los 9", del prestigioso director Aníbal Ferguson. El boletero le explica que la película empezó hace 25 minutos, que la sala está cerrada. El hombre insiste, explica que quiere entrar de todos modos. El boletero aclara la razón por la que la sala está cerrada. Le cuenta al frustrado espectador que existen controles por parte del Instituto del Cine y que por tal motivo se ven obligados a fijar un límite en el horario de entrada. Deben asentar la cantidad de público en una planilla y ésta debe coincidir con aquel contabilizado por el inspector de turno. Para sus adentros, el paciente boletero contiene su indignación al ver el poco respeto que una persona puede tener de una obra tan grande como una película de una hora y media de duración para la que se escribió un guión, se hicieron innumerables castings, se diseñó la escenografía y vestuario, se contrataron cientos de profesionales y se invirtieron miles de dólares. Por otra parte contiene su ira imaginando la reacción de los espectadores que ya ocupan la sala al ver la linterna inquieta del acomodador, ver pasar y oler el culo de este hombre que no entra en razón y, lo peor, perder atención en la obra que está siendo proyectada, aunque sea por un minuto. Invasiones.

El hombre insiste, y explotando de impotencia alecciona al boletero, diciéndole: "¿que no sabés que el cine fue hecho para pasar el tiempo? ¿Ahora qué hago yo hasta las 3 de la tarde?". Golpea el vidrio y se va.

Pasar el tiempo. Velocidad crucero, tiempo muerto: transiciones.

Hoy tuve una visión. Tanta gente cree que la vida está hecha de momentos importantes y de períodos de transición entre un momento importante y otro. Yo estoy de acuerdo con esto si se analiza desde el futuro. Uno mira para atrás y recuerda: empecé el colegio, conocí a Juan Manuel, me fuí de vacaciones. El resto del tiempo parece estar de relleno. Uno ahí parado, viviendo inconscientemente, esperando que las cosas pasen. Pero no está de relleno.

Me asusta la cantidad de gente que planea momentos de transición, que se apaga voluntariamente. Deciden no vivir un período pensando que así llegarán más rápido y mejor al momento esperado. Salgo de mi casa y llego al trabajo. En el medio hay un viaje en colectivo y tren. Pero no importa. Es el viaje. Estoy yendo hacia un lugar, alejándome de otro. No puedo tomar a ese viaje como parte del día. Pelotudos. Por esa razón todos aplauden cuando vienen los condenados músicos callejeros a interrumpirme la lectura a mí. O a gritar más fuerte que mi momento de música y sintonía con el sol. Mi momento de pensamiento, de ordenar la cabeza, de hacerme amigo del tiempo.

Por eso nunca creeré en "los tiempos". Nadie necesita un tiempo. Necesita actitud. El tiempo no cura. El tiempo es tiempo. Nos mata con su indiferencia a menos que hagamos algo. A menos que nos demos cuenta de que el tiempo es nuestra percepción del tiempo. Y me cago en la física. Y que lo único que cura es la química, incluyendo procesos mentales.

Yo no quiero transiciones. No quiero vidas de casa y trabajo con viajes en el medio que nunca recordaré. Quiero intensidad y no por contraste. Quiero mantener mi voluntad prendida la mayor cantidad de tiempo posible. El cuerpo y la cabeza sincronizados. Uno usando al otro. Felicidad.

Habrá sin dudas transiciones. Las hay en mi día, las hay en mis segundos. Pero serán producto de mis limitaciones: debilidad a veces, cansancio otras, estupidez otras tantas.

Que la espera sea un momento, no una actitud. Asimilar realidades. Sacarles el mayor provecho posible.

Pibe, basta de autoayuda. Contame del regalo del cumple de tu vieja.
Bueno, dale.

martes, septiembre 20, 2005

Inseguridad

Adentro y afuera. En el medio una puerta. Una sola, cuando debería haber más. Lo de adentro quiere salir. Lo de afuera quiere entrar. Cada uno persiguiendo su propio equilibrio. Y la misma puerta, ahora sin seguridad.

El Señor Dolor que tengo adentro tiene que salir. Tengo que liberarlo de a poco, porque tengo terror de guardar y guardar hasta que vuele el mundo o, peor, de volverme un rencoroso estándar. Pero el tiempo afuera no está nada lindo. Muchas cosas están pasando y estos productores están teniendo dificultades con varios contratos, entonces las historias dan giros inesperados, casi increíbles. Estas novedades atacan, disparan su dolor contra mí. Pero rebotan contra una puerta que parece cerrada con llave, pero no. Es el dolor de adentro que hace fuerza para salir cueste lo que cueste.

Atravieso este estado de equilibrio peligroso. El ojo de la tormenta. Escucho ruidos adentro y afuera, miro la puerta, espero que se abra, pero nada. Mirando hacia afuera, aprovecho el tiempo para ordenar adentro para cuando vengan las visitas. Mirando hacia adentro, veo movimiento y no entiendo demasiado lo que está pasando.

Falta personal de seguridad en la puerta. Ideal serían varios accesos, que provocarían quizás un equilibrio más sano, distendido. Pero dejé habilitada una sola puerta. De a poco fui tapiando las demás, cuidando como oro el acero del interior. La empresa de seguridad propia está con problemas gremiales hace un tiempo. No define. La empresa de seguridad privada renunció sorpresivamente quizás pensando que podía conseguir un trabajo mejor. Quizás no.

A ver, silencio. Parece que ahí sale a hablar alguien de adentro. Va a declarar.
"Amigos, disculpen, pero está lleno. Estamos viendo la forma de ir desalojando de a poco, pero ante la certeza de que alguno de ustedes querrá ocupar el lugar del que salga, nos aferramos al malo conocido. No desesperen que tarde o temprano van a pasar. Eso lo saben ustedes mejor que yo.".

viernes, septiembre 16, 2005

Fábula maldita

Allá en los finales de los 70 sin s, principio de los 80, había en casi todos los cumpleaños un poryector de cine de 8mm y unas cuantas películas para entretener a los chicos mientras los padres hacían culto a la empatía comentando todo lo que perdieron al tener un hijo, pero bueno, mirá qué lindos que son, la bendición de Dios.

Entre esas películas había una escena de Star Wars que curiosamente saltaba de un castellano neutro a un español furioso y después volvía, como si dentro del bar de Mos Eisley se hablara sólo ese dialecto. Además, había varias de Disney, entre ellas dos que nunca olvidaré: Blancanieves y la Fábula de la cigarra y las hormigas.

Esta última en particular siempre me llamó la atención por un sencillo motivo. En tren de hacerla digerible para niños, la gente de la empresa de Walt suavizó su final.

Cuento la fábula brevemente: Es otoño. Las hormigas trabajan arduamente recolectando provisiones para el invierno. Mientras tanto, una cigarra las mira trabajar, mientras toca alegremente su violín, marcando el ritmo con su pie izquierdo aparatosamente. Las hormigasniño desean con todas sus fuerzas jugar con la cigarra. No entienden cómo es posible que sus padres las hagan trabajar cuando podrían estar riendo alrededor de la cigarra, que aparentemente conocía el secreto para ser feliz. Fastforward y llega el invierno. Se muestran alternativamente, dos escenarios diferentes. Por un lado las hormigas, sentadas en una larguísima mesa, rodeadas de exquisita colorida comida, tomando algo que parecía emborracharlas, acentuando su felicidad, su momento de liberación. Trabajaron todo el otoño para este momento. Para el momento del doble placer: de saber que hicieron bien las cosas y de saber que no van a sufrir en ese invierno. Afuera, la cigarra no encuentra refugio ni comida. Está a punto de morir de frío. Escucha, lejana, la fiesta de las hormigas. Se acerca al hormiguero y desesperada, toca la puerta. En el bullcicio, nadie la escucha. Se muere de frío. Moraleja clara. Pausa. Rewind. Play. ...al hormiguero y desesperada, toca la puerta. Pausa.

Conocido análisis de la situación:

Las hormigas se habían perdido de pasarla bien toda una temporada y ahora se empachaban aliviadas y felices, posiblemente por contraste frente a lo que hubiera pasado si no trabajaban así. La cigarra había aprovechado el tiempo al máximo, la había pasado muy bien y ahora se encontraba muriendo lentamente, sufriendo al punto de borrar de su mente todo lo bueno que había vivido.

Conclusión: claramente era mejor la postura de las hormigas, que habían encontrado su mejor presente en el trabajo, porque el mejor presente tiene que incluir una promesa de futuro agradable o, en un caso mejor, total incertidumbre, pero sincera.

Play. Pero ahí metió mano el inconsciente de Walt. Y decidió que ya era suficiente la lección para los chicos y llegaba el momento de devolverles la sonrisa, sin importar los efectos colaterales. Y la cigarra llega a la puerta de las hormigas y toca. Desesperada, toca, pidiendo ayuda.

¿Y qué hacen las irresponsables, pensando en la plata que les paga Disney? Van y le abren. Y toda la lección se va al tacho. Porque, ¿cuál es la enseñanza? Tocá el violín que después viene la boluda y te abre la puerta, porque abrir la puerta es de buena persona. Qué lindo. Ayudar. Ya habrá tiempo para enseñar.

Me acuerdo de todo esto porque siempre me sentí hormiga en un mundo de cigarras. Siempre, todas las veces, abrí la puerta. Sin saber que, siendo como era, sólo estaba saciando mi sed con agua de mar.

Me hubiera encantado no saber que llegaría el invierno. Tocar el violín y que el frío me sorprenda y me destroce, sin culpas, sin arrepentimientos. Pero cada vez que llega el otoño de nuevo, sé que el invierno está cerca y me pongo a recolectar.

Con el tiempo estoy aprendiendo a disfrutar la recolección. Y no porque cuando llegue el invierno sabré que hice bien, sino porque mientras recolecto, soy feliz al saber que falta menos para el gran banquete. Adoro los banquetes.

De las cigarras, creo que hay dos tipos: la que no ve venir el invierno y la que sí, contando con que las hormigas son buena gente en el fondo y sabiendo que todos dirán "qué hormiga hija de puta" en el caso de que no abra la puerta. Hay, por otro lado, un grupito de hormigas que seducidas por la música de los violines, bailan y se mezclan con las cigarras, alzando su bandera, predicando que las hormigas que trabajan se pierden de vivir, confiando en el fondo que llegado el caso, una hormiga jamás podrá cerrarle sus puertas a una hermana arrepentida. Nunca arrepentida sinceramente desde el momento que lo contempla como salida.

Recuerdo un dicho político que dice algo como que no hay militante más ferviente que aquel que ha llegado desde las filas del adversario. Por eso me mezclo con las cigarras. Tengo la esperanza de encontrar alguna hormiga criada por ellas, que descubra como yo que puede recolectarse sin dejar de disfrutar de la música de violines.

jueves, septiembre 15, 2005

"No sabés querer"

Es la segunda vez que me lo dicen. Personas las dos que yo elegí, personas a las que creo que amo y quiero profundamente. Yo me lo creo.

Viene a mi mente la frase que alguna vez condené de "No sólo hay que ser. También hay que parecer.". Entiendo que la frase original está relacionada con la mujer del César, contexto en el que me parece tanto más lógica, teniendo en cuenta la carga política.

Me parece ahora que la frase lamentablemente tiene sentido. Mucho. Porque una cosa es saberse querido y otra muy diferente sentirse querido.

Aprendí que la buena comunicación sostiene cualquier relación. Pero en algo grande me equivoqué. Hay muchos, muchísimos niveles de comunicación y no debe descuidarse ninguno. Gestos, abrazos, declaraciones, escritos en la pared, lo que sea. Y yo no lo hago, nunca lo hice. Por qué? Creo tener parte de la respuesta.

Empiezo por lo más mío. No tengo voluntad. De a ratos me dan ganas de llamar o escribirle a gente y no lo hago. Me dan ganas de ordenar y no lo hago. Me dan ganas de avanzar con mi meganovela hermética y no lo hago. Nunca llego al objetivo. Quizás porque me canso de pensar. Quizás porque sobrepienso las cosas (otra que me suelen decir), quizás porque necesito cosas por delante, zanahorias que me mantengan atareado. Si es así, sería algo como un thinkoholic.

Otro ítem no menos importante es la fe. Nunca tuve la suficiente fe en mi persona. Y eso se cuela en mi imagen, se lee aunque yo no lo escriba. Y ¿cómo puedo pretender que alguien crea en mí, si no lo hago yo primero? Dicho así suena de autoayuda. Voy a hacerme socio del ACA.

Hay también un tema de necesidad. Estoy aprendiendo a no necesitar cariño ni reconocimiento de ningún tipo. Complicado esto, porque tengo el debate entre el cariño acumulado que sí necesito y la costumbre de no recibirlo, muchas veces porque lo rechazo. Muchas veces más.

Más allá de todo esto, yo sé que quiero, sin acento en la e de que. Eso me da tranquilidad de conciencia. También voy descubriendo en mis palabras varias de mis limitaciones. Y tengo miedo de desnudarme tanto, porque temo que el acomodar las piezas tan violentamente puedan ocasionar un tsunami. Y no hay tiempo físico ni mental suficiente como para preparar a la ciudad para esta eventualidad. Hay que tomar riesgos.

Documento esto como mi sentencia.

Mis abogados dirán que bueno, que era lo que yo veía ese día. Pelearán por que me declaren inimputable, hablarán de emoción violenta. Me anticipo y contesto que no. No estoy listo para emociones violentas. Estoy demasiado drogado con mis preparados caseros.

miércoles, septiembre 14, 2005

Ultrademocracia

No hay plazos establecidos en la Constitución. Hay, simplemente, un pueblo en el que todos confiamos, que actúa de buena fe obligatoriamente, porque mira la tele, porque sabe que la mala fe abre las puertas a los vicios, y los vicios a que te devoren los de afuera en el mejor de los casos.

Este pueblo decide. Claro que por una cuestión de orden hay un presidente, casi un rey. Pero el pueblo decide con su voto. Y está establecido que cuando el ambiente está enrarecido, cuando aparecen fantasmas de cualquier tipo, cuando el presidente no cumple con sus promesas de campaña, el pueblo sale. Sin cacerolas, sin bocinazos, sin griterío, sin banderas. Sale. Un pueblo hipercomunicado que en pocos minutos puede decidir cómo proceder. Un pueblo contradictorio puede ser, pero expeditivo como pocos.

Hoy llamamos a elecciones. El presidente lloró en cámara y esto quiere decir que algo malo está pasando. Sabemos que no estamos en guerra porque nuestros hijos están acá con nosotros. Sabemos que el país no se va a pique a corto plazo porque el mundo sigue hablando maravillas de nosotros. Sabemos también que no hay epidemias, porque acá estamos, aburriendo a la gente de la guardia de los hospitales. Pero algo malo pasa. Quizás un problema personal del presidente. Quizás algún conflicto de afiliación o de ideales políticos. Yo creo que sabe que no va a poder cumplir con lo que dijo. Lo mismo creen mis vecinos y por eso actuamos rápidamente. No vamos a esperar a enterarnos por la radio.

Lo raro de esta vez es que muy en general llamamos a elecciones conociendo el sucesor. Pero no hoy. Hoy pensamos incluso en la posibilidad de reelegir al que ya está y que esto de las elecciones sea sólo un cimbronazo a su gobierno, para mantenerlo despierto. Una pelotudez de parte nuestra, porque si un presidente necesita de estos golpes para estar atento, quiere decir que ya no tiene pasta para gobernar.

Y ojo: yo creo en los malos momentos, en las debilidades pasajeras. Pero creo que todos tenemos que poder contar con el presidente en cualquier momento, así como él sabe que cuenta con nosotros siempre. Lo elegimos nosotros.

Es tiempo de actuar. Cada día sin presidente es un día de anarquía total con el agravante de la posibilidad latente del golpe de estado. Basta con recordar.

martes, septiembre 13, 2005

Autoayuda

Para escribir un texto de autoayuda -como el que necesito hoy- hay que tener presentes tres reglas fundamentales. Simples reglas que harán nacer en el cuento escrito una moraleja que ni siquiera calculábamos, empujando al lector (que podemos ser incluso nosotros mismos diez minutos después de terminar de escribir) a creer que quien escribió el texto la tiene atada.

1. Ambigüedad: En este tipo de textos, la falta de cosa concreta es una virtud fundamental, porque allá donde haga agua el relato, aparecerá el fastix del lector necesitado de sabiduría. Dará un paso al frente la facción objetiva del lector, el ente conservador, su voz de la conciencia, que lo guiará convenientemente por los caminos de las letras. Caminos improvisados y autoimpuestos, porque el texto en sí es un campo abierto, sin límites, como el horóscopo. Ej. "Alguien apareció", "El inexorable final" o "Qué gracioso".

2. Atemporalidad: Con el mismo criterio, no es bueno establecer puntos de referencia tangibles. Ni temoporales ni geográficos. Así, aseguramos un mayor alcance del relato, dotándolo de la universalidad suficiente como para que sobreviva el paso de las generaciones. Aquí cabe recordar que la vigencia de las regalías por derechos de autor es de mucho años, pongámosle (aplicando lo expuesto en este mismo punto).

3. Accesibilidad didáctica: Hay que mantener un lenguaje simple, como para que pueda leerlo un niño de unos 8 años. En el caso de que un adulto lo lea, éste mismo se ocupará de complicarlo, en el afán de sentirse superior intelectualmente. Así, establecerá relaciones inexistentes que escapan a la intención de quien escribe, movido en parte por lo explicado en el punto 1 y por su imperiosa necesidad de alimentar su golpeada autoestima, razón por la cual acude a cuentos de esta calaña.

Ahora un cuento piloto (ejemplo práctico):

Era una fecha importante. En dos días Nicolás cumpliría años y aún no había decidido cómo quería festejar, ni dónde, ni con quién. Sonó el teléfono. Era Julián. Sí, te entiendo, Nico, pero es tu cumpleaños, varón. Es el momento de juntarte con todos tus amigos. Hay que festejar. Puede ser, dijo Nico. Y cortó. Timbre. Era su primo, Federico. Che, ¿pero qué te pasa? El cumple es el momento para agradecer que estás acá. Tenés que verte con tu madre, tus abuelos, tus hermanos. Familia a full, Nicolás. ¿Te acordás de cuando hacíamos torta con las velas de los números? Cuando Fede se fue, Nico quedó pensativo. Tantos amigos, tanta familia, tan poco tiempo. El día tan especial para él. La demanda social. ¿Qué hacer? Teléfono. Era una teleoperadora representante de una empresa de medias tres cuartos. Hablando con Nico, se dio cuenta gracias a sus habilidades de vendedora, que algo malo pasaba. Chiquito, ¿te pasa algo? Nico explicó. Y bue, piernitas desnudas, es un día especial, para pasarlo solo o a lo sumo con alguien especialmente elegido. Si querés puedo mandarte a uno de nuestros agentes con el muestrario. Nico pidió que lo llamara más tarde al día siguiente. Cortó y se quedó pensativo. Tenía que decidir. Se terminaba el día y sólo quedaban 24 horas para arreglar todo. Decidir, convocar, hablar con los que no serían invitados, hacer las compras, la limpieza, las invitaciones, acondicionar el lugar, elegir la ropa, afeitarse, etc. etc. Prefirió irse a dormir. Nico siempre llevó sus problemas a la cama. Ahí, con su cabeza en piloto automático, todo se resolvía solo. La mañana era siempre el segundo tiempo soñado. Pidió comida, comió y así, sin lavar lo poco que había ensuciado, se acostó a dormir. Nicolás nunca despertó. A los veinte minutos de acostarse sufrió un infarto masivo y falleció en pocos segundos. Los amigos, su familia completa y el agente de la empresa de medias tres cuartos se reunieron en el velorio. Comieron sin sal, tomaron sin alcohol, charlaron, se probaron medias, lloraron, rieron, rezaron y tomaron taxis.

jueves, septiembre 08, 2005

Buena educación

Está comprobado. El ejemplo es la mejor forma de enseñar. Lo ví en el Discovery. Subí un poco el volúmen incluso, porque abajo discutían y se peleaban o algo, ante la mirada de más de un niño que por ahí pasaba, porque pedí tres extras niños para esta escena, y los pagué y todo.

Crecemos en un ambiente de paternidad improvisada irreversible. Y es así porque nuestros padres suelen ser seres humanos. Y por ende, suelen tener grandes chances de que les guste la comodidad.

De chicos, nomás, vemos cómo fuman, discuten, no cumplen sus promesas, engordan, llegan tarde, echan en cara, son infieles, mienten, etc., etc.. Pero estén haciendo lo que estén haciendo, cuando nos escuchan decir "concha", nos cantan entero el himno del "Qué dijiste?", con coros en la parte de "¿Dónde escuchaste eso?", y el final de "Eso no se dice" con el pedal de wah-wah al frente.

Se enciende la lógica infantil. Pensamos: esta gente está arrepintiéndose permanentemente. Nos piden que hagamos lo que ellos nunca hacen. Reconocen que está mal. Hablan de cuando seamos grandes y de fines del mundo. Y sin embargo sobreviven. Incluso se ríen a la 1, cuando ya pasó el brindis de navidad o año nuevo. Se divierten, se quieren y una vez le dieron un aumento a papá.

Queda claro lo que aprendemos. No importa que seas choto o que hagas las cosas mal. Hasta Dios perdona un arrepentimiento sincero. Basta con que domines la teoría. ¿Entendés? Si, perfectamente. Pero esperá que me voy a prender un cigarrillo, porque esto se pone interesante. Cuando no queden cosas interesantes, habremos vencido al cáncer. O inventaremos nuevos intereses. El canal del clima es bueno.

Y el chico contesta mal. ¿Por qué no hacerlo? La teoría simple: porque nadie va a cuidarte como vos. Porque el cuidado se basa en el respeto y el amor propio. Porque la gente es igual que vos y por eso merece tu respeto y amor propio. Porque si sos capaz de hacerle algo malo a ellos, sos capaz de hacértelo a vos. Clarísimo. Nos abrazamos y todo. Pero después voy y descargo mi mal humor con alguien que no lo merece. El cable a tierra. Y no lo mato, lo torturo, porque si se muere no tengo con quien descargar. Y debería descargar conmigo, porque para mí hasta la goma es conductor.

Uff. Estoy en el CBC de la paternidad. Es bueno no tener amigos que me consigan el título. Y es mejor tener tan pocos pero buenos compañeros de curso.

miércoles, septiembre 07, 2005

La barrera de los ojos

Me enamoro unas cuantas veces al día. A veces de alguna que veo, otras veces de otra que recuerdo, otras de alguna que leo, otras de ella. Son distintas formas de enamoramiento, muy agradables todas. La comodidad, la sensación de que todo encaja, la sintonía. Una sintonía basada en realidad en puros prejuicios míos (como si alguien tuviera los elementos suficientes como para juzgar), suposiciones, interpretaciones tendenciosas, conveniencia, deseo y algo de Gestalt.

Esa vez estaba, como pocas veces, compenetrado en la lectura al punto de ignorar los movimientos de luz interrumpida por seres de carne, postes o el mismísimo puente G, que un día de estos voy a fotografiar. Leía encantado por este Pavesse tan bien recomendado. Pero llegó un párrafo en el que me trabé. Lo releí tres veces sin llegar a comprender del todo lo que decía, como cuando me toca quedarme dormido leyendo. Pero la razón no era la dificultad de las palabras, ni la música andina que me persigue, ni los gritos del vendedor del librito con la biografía de los presidentes de la Argentina. Era la sensación de estar siendo observado. La telepatía diluída como existe o la acción de la parte de mi cerebro que se ocupa de controlar lo que llega por la puerta del campo visual al que no le presto atención. Esta parte del cerebro que se lleva bien con el fútbol.

Levanté la vista. Si no para verificar la realidad de mis suposiciones, para tomar envión y volver a saltar adentro del libro. Y era verdad nomás. Ella me miraba. Una chica rara. Fea, a primera vista. Pelo casi corto bien morocho, piel extremadamente blanca, nariz chiquita, irregular, ojos saltones marrones con mucho blanco para mi gusto, cejas gruesas y boca chica, que cerraba una cara que terminaba en una pera circular, del tamaño de una ciruela. Chica bastante alta, su cuerpo con pocas curvas, rellenita, tetona, pero con una cintura que acompañaba esas medidas. Vestimenta formal impuesta y cartera negra, correa larga. Me miraba esperando mi mirada. Me había estudiado mientras leía, sin dudas, me lo dijo con los ojos cuando la miré. Diría que cuando cruzamos miradas, sus pupilas cambiaron de tamaño y se tensaron los músculos alrededor de su boca, marcando quizás, el aumento de producción de saliva. Era fea a primera vista.

La miré un rato largo. Supongo que habrá pensado que me gustaba o que iba a hablarle o que era ciego y jugaba a tener un libro impreso. Pero no. Miraba su cerebro a través de sus ojos. Miraba el mío. Escribía una teoría a dos mil palabras por minuto. La teoría que por ahora y para acordarme voy a llamar "Ojos polarizados".

Sostengo que por obra de la cultura, el aspecto físico de uno nos para en un ranking que existe sólo para nosotros. Ese ranking afecta la formación de nuestra cabeza. Hay quienes desarrollan la cabeza suficiente como para desmentir el ranking, destruirlo y hacerle juicio al jurado, ganándoselo. Hay quienes recorren el mundo buscando especímenes que estén por debajo en ese ranking, para ganar éxito relativo. Soy número dos mil doscientos, pero de un millón. ¿Qué importa ser número uno?

Cuestión que los ojos venden actitud. Porque dicen si es real o falso el movimiento del resto del cuerpo. Me muevo con seguridad y me mirás a los ojos y ves que todo sanata, que la seguridad es lo que quiero que compres, y que sólo miro tu mano con la plata porque en el momento en que me la entregues, no hay derecho a reclamo. O la seguridad total, tranquilidad, soy así y me gusta. A todos les gusta. Actitud, que le llaman, como si fuera una palabra que connota algo positivo.

Esta chica tenía esa actitud. La de no soy fea, vos me verás fea que no es lo mismo. La de me gustás, lindo. La de te hago cosas. La de no creas que de vos depende verme desnuda y transpirada.

La verdad, volví al libro. Era más disfrutable que una teoría envuelta con el papel de descubrimiento. Pero ya no pude leer. Me dí cuenta, gracias a la morocha con pinta de secretaria que discute por teléfono, que no existen las actitudes de momento. Que existe la fe. Y que creer en uno es el principio de la vida.

Gracioso dicho así, de modo tan solemne. Pero es cierto. Si lo escuchara de mí, lo creería. Lo vería en mis ojos.

lunes, septiembre 05, 2005

Caro silencio

Como cuando uno se propone salir a correr y después, dándose cuenta de que no se la va a bancar de ninguna manera, empieza a hacerse promesas efímeras de no parar hasta tal o cual semáforo, etc., yo me propuse guardarme cosas para mí.

Por esto del foco subestimativo que alterna en forma pendular entre la gente del mundo y mi persona, tengo esos días en los que creo que nadie merece escuchar mis inútilmente rebuscadas declaraciones, entonces me callo. Y al mismo tiempo, tengo esos días en los que pienso tan mal del resto de los mortales, que los nivelo con el más pisoteado de los excrementos caninos y desaparecen como interactores, incluso como público, entonces prendo el micrófono y expongo. Sin filtros.

Ocurre que claramente tengo este problema en la lente y nunca paso más que unos pocos segundos en el punto correcto. Conclusión: entiendo como pocas veces la premisa de ser dueño de los propios silencios y esclavo de las propias palabras, con el agravante de que soy esclavo de las palabras de un yo extranjero en ese momento, resultándome inexplicables e impredecibles las consecuencias de "mis" dichos. Cuando elijo el silencio, en cambio, y vuelvo a viajar, no termino de entender por qué me guardé todo en lugar de largarlo. Sin embargo me siento tranquilo.

No existe el sin filtro. Y se vuelve incontrolable el flujo de información. Digamos que en este período de humores cambiantes, tengo un departamento de prensa enemistado con el presidente de la empresa. El presidente cree firmemente que deberían hablar los hechos. Como el departamento de prensa no tiene indicaciones concretas, termina por armar comunicados caseros que se filtran en la opinión pública, que unas horas después va y raya el auto del Señor Presidente. Este se enoja un poco, pero rápidamente entiende que así es el mundo. Y se va a su casa y recuenta su riqueza, preguntándose si no será hora de emigrar y refundar la empresa en tierras lejanas, con la esperanza de encontrar una población que sea más crítica con la prensa y que no se crea todo lo que lee, ve o escucha.


Comunicado número 1

Estoy bien. Cansado. Espero que esta etapa se termine. La incertidumbre acelera mi proceso de ansiedad, que ya es bastante rápido naturalmente. El temor de caer al vacío ya no existe. Existe, sí, un temor peor. El de tomar un ascensor de esos que sólo paran en pisos pares. Cada día confío más en mi capacidad intelectual. Cada día confío menos en mi capacidad social, llamémosla. Hubo una época en la que yo era el rey entre los reyes, el carpintero entre los carpinteros, y así. Hoy estoy respondiendo a mí mismo. Y gracias a eso, muchas gracias a eso, empiezo a caer mal en algunos lugares.

jueves, septiembre 01, 2005

Dos abrazos

Barne la tiene clara. Les dice a los chicos que se abracen. Jesucris también. Más de una vez durante mi niñez católica me tocó saludar con un beso o un abrazo a un viejo maloliente que sin dudas no se había confesado y que venía de chupar el culo de su hamster.

El contacto físico es fundamental. Porque imaginando es imposible no idealizar. Y la idealización es soltarle la mano a la realidad. Y mucho mucho peor es reemplazar o desplazar, diría la psicóloga de Causa Común.

"Vení, dame un abrazo" es lindo. El abrazo con aviso también. Se pone en marcha esto de las 5 y las 4 de Saint Exupery. O se da el tiempo prudencial para tomar un curso rápido de aikido y desnucar a la tía hinchapelotas en lugar de sufrir la invasión antes de que se nos vaya el colorado del cachete recién abusado, mientras nos comentaba cuánto habíamos crecido.

Para mí cualquier contacto es muy importante. Sobrevalorado gracias a unos padres distantes por diversas causas y hermanos muy receptivos de las enseñanzas pasivas. Importante bien porque casi que tiemblo antes de sentir en mi piel la presión y calor de mi interactor. Importante mal porque cuando no veo venir a alguien que rompe la barrera, reacciono como Steven Seagal, más allá de la mejor intención que haya del otro lado. Mentira, a veces me la banco cuando me acuerdo del número que viene después del 8.

El uso afecta la sensibilidad. Las cosas se acostumbran a su uso. Tanto que cuando las agarra un extraño, misteriosamente se rompen.

Así, un pequeño cuento hipercorto, para poder dormir tranquilo.

Nació en el pueblo un chico sin brazos. A los 6 años pintaba para crack de futbol, pero como era algo gordo, sus amigos insistían en que jugara de arquero. Le decían, en su crueldad infantil, que sacara los brazos de abajo del suéter, que usara las mangas. Manu, que así se llamaba, a veces atajaba confiando en la capacidad de sus piernas y en su buen cabeceo. Fue, incluso, el primero en acostumbrarse a la ley del pase del defensor. Un día llegaron a la final, que no era tan difícil porque había sólo dos equipos más en la región. Por sus esfuerzos, quisieron nombrarlo capitán, pero no tenían dónde ponerle la cinta. Hubo quien sugirió un lugar, pero el utilero se quejó, argumentando que eran lavadas a mano por él mismo. Cuestión que sucedió lo tan temido: definición por penales. Manu tuvo la suerte de que el cuarto penal en contra pegó en el palo. Ganaban 4 a 3. El siguiente penal fue atajado por el arquero. 4 a 4. Pateó el 9 del otro equipo y le hizo la maldad de tirársela despacio al centro del arco. Manu, acostumbrado a los tiros al ángulo, saltó con todas sus fuerzas, para la foto. De El Gráfico, de National Geographic y de Guinness. Por suerte para todos, el muchachito que trabajaba de acomodarle las bolas cuando le picaba no hizo a tiempo para salir del medio y desvió el disparo. Quinto penal para ellos y era el turno de Manu de patear. En ese sentido la tenía reclara. Después de discutir sobre el reglamento, el referi aceptó colocar él mismo la pelota en el punto penal. Había llegado la hora de la verdad. Manu tomó carrera y la reventó. Con tanta fuerza que venció las manos del arquero contrario. Todos corrieron a abrazarlo. El iba diciendo en voz alta a quién correspondía su abrazo. Arturo, Alberto, Hincha 1, Mamá, etc. En ese momento los fotógrafos retrataron el emocionante momento. Manu recibía el abrazo de etcétera. Felicidad para todos. Che, suénenle los mocos, che, vos pibe, le pica, che, Irma, secale las lágrimas. La foto recorrió el mundo. Hoy es famoso. Por ese momento inolvidable en el que se consagró campeón de la región, constituyéndose en ejemplo para todos los niños del planeta. Y por el juicio que todavía continúa contra el arquero subcampeón que declaró: "Me cortaron los brazos".

Un flojo final, pero retrata muy bien lo que quiero decir: la falta de una cosa siempre se compensa con otra. La mayoría de las veces con paranoia. Y por campeón que seas, terminás por sabotear tu presente.

Salud.