Necesidades
¿Te das cuenta de que si le preguntás a cualquiera, todas dicen lo mismo?
Me doy cuenta de que es siempre un mismo juego que elijo jugar en niveles diferentes, con equipos diferentes. Algunos corren más rápido, otros defienden como los Dioses. Pero siempre gano. Siempre llego al lugar en el que pasan los nombres de los programadores y experimento una sensación intensa y confusa. Orgullo, por un lado porque otra vez llegué. Terror por el otro, porque empezar de nuevo hace que pueda perder mi invicto. Bronca, porque ya no me divierte tanto.
No lo compré para ganar. Lo compré para jugar. Y ya soy maestro. Y sin embargo, veo a la gente que me rodea y logra con el juego algo que yo nunca. Se ríe mientras juega. Pierde y continúa, a veces apaga y prende, pero siempre lo disfruta mucho.
En ese punto me siento un poco débil y tremendamente frágil. Y el ganar cambia de lugar. Ya no gana el que llega a la final y golea a Holanda. Gana el que puede pasarla bien, aún perdiendo. Se vuelve así un juego eterno, fuente inagotable de anécdotas, momentos irrepetibles y enseñanzas.
Estuve a punto de cambiar el juego, pensando que lo había dado vuelta ya. Pero decidí quedármelo y aprender a jugarlo de verdad.
En este momento Inglaterra empata con Croacia. Falta un montón de tiempo y no me importa demasiado. Hace unos minutos hice un jugadón que casi termina en gol. Tan linda jugada que la gente de Croacia también dijo "uuuu!", con un poco de alivio, pero con el placer de saber que si gana, lo habrá hecho contra un equipazo. Y si pierde, habrá dado lo mejor de sí.
Lo mejor de todo todo es que ni siquiera sé si estoy en la final o qué.
Soy como el espacio entre el azulejo y la cocina. Dios se distrajo con lo que se ve y en algún momento (nadie podría decir cuándo), me llené de grasa.
Me divierto mucho solo porque no me la paso limpiando.
