lunes, diciembre 26, 2005

Necesidades

¿Te das cuenta de que si le preguntás a cualquiera, todas dicen lo mismo?

Me doy cuenta de que es siempre un mismo juego que elijo jugar en niveles diferentes, con equipos diferentes. Algunos corren más rápido, otros defienden como los Dioses. Pero siempre gano. Siempre llego al lugar en el que pasan los nombres de los programadores y experimento una sensación intensa y confusa. Orgullo, por un lado porque otra vez llegué. Terror por el otro, porque empezar de nuevo hace que pueda perder mi invicto. Bronca, porque ya no me divierte tanto.

No lo compré para ganar. Lo compré para jugar. Y ya soy maestro. Y sin embargo, veo a la gente que me rodea y logra con el juego algo que yo nunca. Se ríe mientras juega. Pierde y continúa, a veces apaga y prende, pero siempre lo disfruta mucho.

En ese punto me siento un poco débil y tremendamente frágil. Y el ganar cambia de lugar. Ya no gana el que llega a la final y golea a Holanda. Gana el que puede pasarla bien, aún perdiendo. Se vuelve así un juego eterno, fuente inagotable de anécdotas, momentos irrepetibles y enseñanzas.

Estuve a punto de cambiar el juego, pensando que lo había dado vuelta ya. Pero decidí quedármelo y aprender a jugarlo de verdad.

En este momento Inglaterra empata con Croacia. Falta un montón de tiempo y no me importa demasiado. Hace unos minutos hice un jugadón que casi termina en gol. Tan linda jugada que la gente de Croacia también dijo "uuuu!", con un poco de alivio, pero con el placer de saber que si gana, lo habrá hecho contra un equipazo. Y si pierde, habrá dado lo mejor de sí.

Lo mejor de todo todo es que ni siquiera sé si estoy en la final o qué.

Soy como el espacio entre el azulejo y la cocina. Dios se distrajo con lo que se ve y en algún momento (nadie podría decir cuándo), me llené de grasa.

Me divierto mucho solo porque no me la paso limpiando.

lunes, diciembre 19, 2005

Matar a la liebre

De algún lado había heredado esta costumbre de pedir un deseo si pasaba por abajo de algún puente mientras pasaba el tren. Claro que ninguno se cumplió. Y si efectivamente se hizo realidad lo que pensé, nunca lo registré.

Pero una vez, la familia feliz cruzó el puente y mientras los más chicos nos maravillábamos de que habría un deseo libre para cada uno, mi Señor Padre nos advirtió: para que el deseo se cumpla, no hay que pensar en un camello mientras lo pedís.

La vez siguiente que pasé por debajo del puente, ahí estaba el camello, dejando caer sus excrementos sobre mi deseo. Y yo encerrado, por primera vez en estado conciente, en mi cabeza, en una paradoja enferma de la que sólo podría escapar durmiendo.

El principio del Camello olvidado me condenó. A frustrarme cada vez que pasara por debajo del puente mágico. A conseguir las cosas sólo a partir de mis actos, olvidando el azar o la ayuda divina o de quienquiera que le paga al guionista.

Tiempo después -unos veinte minutos- este principio se trasladó al resto de la vida.
Y cada vez que quise con mi alma que algo sucediera, me encontraba encerrado en la posibilidad del cumplimiento del deseo, al costado de la ruta con mi anotador y birome esperando que pase, pero nada pasaba. Porque pensar en que se cumpla era robarme el tiempo para hacerlo cumplir. Y así, desde hace años, maldigo al camello.

Que después se transformó en liebre, que es mucho más rápida y me persigue. Le doy pelea, pero es peor. Porque me encantaría ignorarla, pero nunca podré hacerlo si me lo propongo. Justamente.

Cuando menos se la espera, salta. Y ahora a olvidarse del refrán para seguir sorprendiéndose con esos saltos que hacen que la vida valga la pena y le dan tantísimo material a la publicidad de bebidas alcohólicas.

Detesto a la liebre.

martes, diciembre 13, 2005

opmeit le ne ejaiV

Pensé en volver atrás todo, quizás cinco minutos y cambiar las cosas. Por favor, una sola vez dejame volver. Pero no funciona así. O siempre o nunca. Una vez no sirve porque ya sabemos lo que pasa. Después de que viste que pudiste hacerlo, vivís más irresponsablemente y cuando llega la cagada nueva implorás por una vez más, jurando por las nenas que será tu última vez, esta de verdad.

Ok, siempre entonces. Manejo el tiempo, soy el capo. Vivo y si algo no me gusta, vuelvo para atrás. Pero, dos dudas. Una: Si me acuerdo del futuro cuando vuelvo al pasado, ¿cuándo parar? Si pudiera volver atrás todas las veces que quiero me quedaría paseando por mi vida, que ya no sería mía, porque haría cualquier cosa con la tranquilidad de que si jodo a alguien vuelvo atrás y ya. Pero en este punto todo se complica. Porque si yo puedo volver, ¿por qué los demás no? Y qué quilombo. Porque además ya no sería volver. Si se puede volver sin borrar lo anterior, es sólo avanzar para otro lado. Chau idea de pasado/presente/futuro. Dos: Si no me acuerdo de nada de lo que elijo dejar atrás, ¿para qué me sirve volver al pasado si casi con seguridad voy a hacer exactamente la misma cagada? Digo, no puedo confiar en que una situación externa me corra del camino y me salve.

Uy, creo que demostré en diez líneas que esto no es posible.

Entonces nunca. Elijo nunca. Acepto nunca. Y así voy a caminar sabiendo que mis championes dejan huellas imborrables y que si alguien me persigue y me suelta los perros, me comen.

Conciencia. De que se puede pasar por un mismo punto dos veces sin volver. Pero saber que cada vez que volvemos a pisar ese punto, se hunde un poco más.

Yo conozco puntos que se ven desde la luna.