jueves, marzo 01, 2007

Metamorfosis B

Desde que tengo memoria que hay una guitarra en casa. De las pocas cosas que recuerdo de papá era su costumbre, si se puede llamar así a un par de veces que lo ví hacerlo, de sentarse en el sillón del living con la guitarra entre las piernas bien abiertas, mezcla de guitarrista clásico y de hambriento con una empanada que chorrea en la mano. Así rasgueaba su folclore del noroeste y cantaba con una convicción que volvía indiscutible su talento para la música.

A escondidas empecé a tocar esa guitarra criolla. Jamás me hubieran dejado sacarla del estuche sin supervisión de mayores dueños del instrumento, pero mi niñez absorbente pudo más. En esos días me encontré inventando acordes y tocando las seis cuerdas para que sonaran a lo sumo cuatro. Sin embargo cantaba encima, ponía todas mis ganas en interpretar una canción que tenía de fondo una especie de cinta al reverso entrecortada.

Se ve que alguna vez me escucharon o notaron mi interés porque no tanto tiempo después me regalaron una guitarra. Quizás pagaban culpas de algún tipo o buscaban hacer de esas cosas de aceptación universal, el bien seguro. De cualquier forma, ahí estaba yo con mi glamorosa guitarra electroacústica imitación Ovation. Era tan buena que casi no necesitaba afinarla. Todo sonaba bien en esa guitarra. Lo tocás igual, me dije docenas de veces, a pesar de que mi mamá me llegara a decir que le hiciera el favor de afinarla antes de tocar.

Con el tiempo la guitarra fue perdiendo magia, fue sonando peor. Mi entrenamiento afinador hizo que me diera cuenta de las diferencias armónicas más sutiles y transformaron mi súper Ovation en una caja de cartón con cuerdas de alambre de púa que sólo seguían engrosando mis callos de músico aficionado. Al final me pasaba más tiempo afinando que tocando y me sacaba las ganas de practicar. Fue momento de actualizar el instrumento.

Volví a la mágica guitarra criolla y, despertando enojos de mis padres, dejé de lado la electroacústica made in maicantri. Nada como el sonido del nylon calibrado. Me volvieron las ganas de cantar y de seguir aprendiendo, y hasta empecé a componer. Qué atrevido.

Mis primeros trabajos adolescentes viviendo en casa de mis padres me dieron la diferencia monetaria para costear mi propio instrumento. Enamorado como estaba del factor extranjero de las guitarras eléctricas, fui y compré la primera que me cerró. Una linda guitarra con excelente relación precio calidad. Durante años anduve con ella de acá para allá, mostrando a todos lo que iba aprendiendo y aceptando que tocar la eléctrica era un poco más simple que tocar la clásica o, como ya no le decía, la criolla.

En un punto extrañé el sonido seguro del nylon folclórico así que volví a él. La guitarra eléctrica es para otra cosa. Además es mucho lío, que enchufarla, que buscar el sonido, que afinar y calibrar, y todo eso. Basta de correas, de vuelta a las fuentes.

Me sentí tranquilo con esta guitarra los últimos años.

Pero estoy empezando a notar ahora que no afina como antes, que no tiene el sonido que solía tener. Puede ser que esté vieja, la madera se deteriora. Puede ser también que yo esté mejor. Y puede ser también que el calentamiento global haga la diferencia, quién sabe. La cosa es que la guitarra que me hizo empezar a tocar ya no responde como antes. Y vuelvo a gastar más tiempo afinando que tocando y empiezan a irse las ganas.

Llego a la desesperante conclusión de que o debería comprar otra guitarra y devolver esta que nunca fue mía, o debería quizás dedicarme a otra cosa. Qué hacer con mis ganas de cantar. Qué hacer con mi amor hacia el nylon. Será cuestión de mirar hacia atrás y buscar ese amor en donde dejé tantos otros. O quizás tocar lo que tocaba en otra época, la guitarra debe estar acostumbrada. O entender, de una vez por todas, que la guitarra es lo que yo quiero que sea y que hoy pesa un poco más porque además de aire, en la caja tiene pasado y las cuerdas de hoy en día se dejan contaminar demasiado rápido.

Pierdo la pureza a pasos incontrolables y cuanto más peleo por recuperarla, peor es. Si es el oído que sigue mejorando y me hace ver que la afinación es un estado un poco más incalcanzable, que además no deja de ser un acuerdo, un negocio con la física, el cuerpo y la mente, pido que por favor se quede donde está. No quiero perder la guitarra. No quiero pensar que nunca más voy a tener algo afinado como necesito cada día más. Y no quiero pensar.