V
Por necesidad, la vista y el oído perdieron el derecho a la no invasión. Si uno pudiera, a fuerza de fe voluntaria, elegir qué ver y qué no ver, qué escuchar y qué no, se complicaría la convivencia: cada uno viviría en su propia dimensión (eso si aceptamos la posibilidad de apagar lo que nunca fue prendido).
Da miedo escribirlo, pero la invasión es requisito para la vida social. Comunicar es invadir, y necesitamos comunicar. Y volvemos de nuevo al más nuevo de los nombres del demonio: sentidocomún.
Como el abuso es definido por el uso, si sube al colectivo el payaso que pretende alegrarte el día obligándote a sacarte los auriculares para aceptarle un caramelo transpirado, cuatro de cada diez pasajeros van a alegrarse, agradeciendo que este desocupado virtual les dé tema de conversación para lo que queda del viaje, y cinco de cada diez van a seguirle el juego, porque el señor está obligado a hacer esto, para no salir a robar. El otro de cada diez soy yo, testigo indefenso de la transformación de la no invasión en invasión y viceversa. Mi cara de pierna de ases invade la cara de feliz cumpleaños del dueño de kodak de los otros. Invado por no invadir. Anormal.
Mientras tanto, destino recursos a la búsqueda de personas que sintonicen con mi anormalidad. Y cada vez que aparece una, me siento un poco más cerca de la casa que alguna vez tuve y perdí cuando empecé este viaje.
Al principio aparece como un viaje sin sentido, porque buscamos volver al punto de partida, pero con el tiempo se convierte en un período de formación necesario. No es lo mismo la casa de uno cuando se está de viaje y mucho menos cuando se conoce el afuera. La cueva se siente diferente, como dijo primero Platón y después Wilma.
En materia de comunicación, los emisores son ingobernables. Entonces, sólo queda hacer la carrera de receptor y volverse uno muy profesional, capaz de filtrar cosas con el suficiente disimulo como para no terminar en el loquero.
Noescuchonoescuchonoescucho con las manos en las orejas dejó de ser una opción(*) por dos razones. La primera porque suele ser demasiado tarde para ponerlo en práctica. Sólo los chicos ponen una clara cara de quiero pelear. La segunda, porque como dice el Pupi, la vida te entrena, y te da la capacidad de salirte de un lugar a fuerza de imaginación, o de interrumpir a fuerza de palabras dichas en su justo tono y volumen, por qué no apoyadas en un gesto.
Pero cuidado. Es la invasión destructiva la que nunca se olvida. Me acuerdo en qué libro está cada teamo que me dijeron, pero me acuerdo en qué página, párrafo y renglón están las palabras feas.
(*) salvo que venga el aviso negligente de la temporada 3 de la serie que recién empezaste a mirar y el control remoto esté sospechosamente lejos de la mano pero cerca del televisor.
No me gusta el asterisco como fin de un texto, así que lo termino con una frase de esas que uno mira sin querer en el último renglón del último capítulo del libro y se condena a arriesgar teorías automáticas que buscan completar ese espacio entre la página por la que vamos y el punto final:
Si se murió o vivía a pocas cuadras, me daba lo mismo. Empezaba el duelo aceptando que la persona que yo había conocido no existía más.
