El descanso
Que se puede ganar una carrera parando para descansar, se puede. Depende de que los demás corredores tengan la misma filosofía. Depende también de la duración de la carrera. Pero en esta no se sabe, así que supongamos que es variable: se va definiendo en función de las propias decisiones.
No está mal entonces cambiarse de categoría en el medio de la carrera. Pasarse del lado de los discapacitados porque ya no podemos mantenernos en pie. Es aceptable, siempre y cuando después no se maltrate a los discapacitados (gracias a quienes estaríamos obteniendo el primer lugar) ni se desmerezca el premio conseguido.
Está claro que sigo prefiriendo salir anteúltimo en la carrera de los mejores del mundo. Y no es que no tenga que parar algunas veces. Pero juro que cada vez que paro, mientras estoy agitado, doblado con las manos en las rodillas, maldigo por mi debilidad o falta de entrenamiento y conducta.
Terrible es pensar que alguna vez, si las cosas salen como se cuenta en la tele, los corredores de hoy serán a la vez entrenadores mañana. Tendrán sus corredorcitos aprendiendo. Y, como todos sabemos, NatGeo incluido, las bases de las personas son fundamentales, y queda corta esta palabra de 13 letras.
Cuento corto:
Llega Colón a la América de las revistas de chicos. Lo reciben los indios que obviamente ya hablan español, italiano e inglés. Qué tal, señor. Nunca vimos un barco tan grande. Sí, cómo no le vamos a prestar a nuestras mujeres. Tome, tome, pero antes nos da esos vidrios de colores de los que tanto nos hablaron. Trato hecho. Fasfouar y un presidente habla a la población diciéndoles que se va a terminar esto del imperialismo y las imposiciones, y al que no le gusta, va a ver lo que le pasa. Termina el discurso y el señor presidente vuelve a casa, saluda a su hijo deseándole la mayor felicidad posible, lo acuesta a dormir y se va al cuarto a hablar por teléfono. Del otro lado atiende una chica que lo llama por su nombre. Una hora más tarde, sexo descontrolado. Reuain y un señor en algún lugar de la ciudad les cuenta a los amigos que Mariana, la chica por la que tanto peleó al final entregó y, qué hija de puta, no se depila. Qué asco, qué asco, dicen los hombres transpirados con olor a cigarrillo de semanas, brindan, ríen, pagan y se van. Cada uno a su casa, a encontrarse con la señora a la que llaman amor, a pesar de que el amor está en un cajoncito con otro nombre.
En el mundo mediocre, siempre hay más respuestas que preguntas. En ese mundo también es más vivo el que sale más ileso de los desastres que él mismo genera. Total, vivimos en sociedad. Siempre va a haber alguien a quién echarle la culpa. Y si, de casualidad, llegáramos a encontrarnos solos, a creer en Dios, que tiene la culpa de todo.
Los hombres que hacen historia son los que tienen ideales incluso más fuertes que su propia vida. Si es así, estamos perdidos, admirando a gente que no piensa lo suficiente antes de fijar sus ideales.
Claro, el problema de fondo es esperar que los demáscambian. Cómo no lo vi antes.
Hay que descansar. Mañana será otro humor.
