lunes, febrero 19, 2007

De visita en la ciudad

Toda la semana había esperado que llegara ese momento. Eran las cinco de la tarde y a eso de las siete tenía que pasarla a buscar por su trabajo. No había plan concreto, pero me prometió que íbamos a disfrutar como nunca como compensación de su desaparición del sábado. Yo ya no estaba enojado. Ya no me enojaban los cambios de planes. Alejandra tiene estas cosas, sus días difíciles, es el precio que tengo que pagar por estar con ella. Eso pensaba en ese minuto feliz, sabiendo que en sólo dos horas iba a olvidarme de que era día de semana y en tres iba a olvidarme de que tengo un trabajo.

Sonó el teléfono. Alejandra me explicó que estaba clavada en la oficina y que prefería no comprometerse con algo que no pudiera cumplir. Dejémoslo para mañana o mejor el sábado, porque mañana me veo con las chicas que hace rato que no las veo. Bueno. La decisión estaba tomada, cualquier reclamo iba a quedar como un reclamo de cariño y no me gusta reclamar cariño o que digan que lo hago. Yo elijo estar con Ale, yo elijo no sacarla de mi vida.

Corté, pensando que faltaban menos de cuatro días para el lunes. Cinco y cuarto, sin planes, y la frustración copando lo más profundo de mi cabeza. Cinco y veinte y faltaban cuarenta minutos para salir. Y yo con nada para hacer.

Decidí pasar una noche linda en soledad. Alquilar una película, pasar por el supermercado, cocinarme algo rico. Me encanta entrar al supermercado sin plan de compra. Elegir ahí, como si fuera un tenedor libre con productos crudos. Qué Alejandra de mierda.

Salí a las seis y cinco. El calor me hizo preferir caminar. Subí el volumen del MP3 y dejé que mi cuerpo me llevara a casa. Qué buena canción. El sol me pega en la cara, casi que disfruto de las malas caras de la gente que camina agolpada por las veredas angostas. Pobre Ale, el trabajo la está matando. Corte violento en la canción y empieza la parte lenta. La extraño. Qué ambiciosa hija de puta, qué son $3000 al lado de los momentos felices que pasamos juntos. Pero no puede hacer nada, es la realidad. Ya tendremos nuestro momento. Repetición del estribillo y fade out. Qué ganas tengo de verla. ¿Y si paso igual por el trabajo? A ella le gusta cuando voy de frente, cuando no me importa nada.

No voy nada. Si sale mal me cago el fin de semana. Prefiero esta noche solo para mí, de última es jueves. Me esperan dos tardesnoches para divertirme con lo que surja. Ojalá que Ale pueda. Ojalá que quiera. Ojalá que termine con su trabajo. No voy nada así la dejo trabajar. Que le den ganas de llamarme.

Llegué al supermercado. Llenísimo de gente. Por mi salud mental decidí no sacarme los auriculares. Disfruté de esas compras. Pasaron relativamente rápido. Fideos de los buenos. Voy a gastarme con una rica salsa. Obvio, un vino tinto. Este vale trece, no puede ser malo. ¿Cómo dice, Señora? No, no soy de acá.

Llegué a casa a las ocho menos cuarto. Cerré la puerta, dejé las bolsas y la película alquilada cerca de la entrada y me saqué los auriculares. Vacié mis bolsillos sobre la mesa. Me saqué el celular de la cintura. Pasé por el baño, volví por las bolsas y fui directo a la cocina, a organizar las cosas. En casa me siento bien. Empezó a atacarme el hambre. Diez minutos después las tres hornallas estaban prendidas.

La comida salió bien, tampoco arriesgué tanto. Es una de las salsas que preparo en piloto automático. La película, realmente mala. Lo que ví, porque me quedé dormido.

Me desperté a las siete solo, justo un minuto antes de que sonara el despertador. Es viernes, anulé mi mal humor. Ojalá que Alejandra llame hoy para hacer algo. Pasó casi una semana ya desde esa noche arruinada con tanta calidad por Alejandra. O por sus obligaciones, o por sus días difíciles.

Me acordé de que no había revisado mensajes al entrar. Fui al teléfono y marqué. Usted tiene tres mensajes nuevos. Alejandra. Primer mensaje nuevo cortaron. Segundo mensaje nuevo, cortaron. Pude haber salido con ella. Tercer mensaje nuevo Felipe, un excompañero de trabajo, casi amigo, que vive afuera. Me avisaba que estaba en Buenos Aires sólo por la noche de ayer y que estaba organizando una salida con los amigos que dejó acá. Que lo llame sin falta al celular, que invita todo y que muere de ganas de verme. Que es jueves, me dice, que no sea maricón, que ya podré dormir el domingo.