lunes, agosto 15, 2011

Escribe tu propia aventura

Sos algo y no te gusta. Entonces, dos opciones. Si querés aceptar lo que sos, pasá a la página 45. Si querés ser otra cosa, pasá a la 103. En ese momento te das cuenta de que lo que estás leyendo es la página 45 y, lamentablemente, es la última del librito.

Ahí aparece la conclusión más terrible. Sos el encargado de escribirle FIN a la página que quieras. Y como, por definición, nadie se anima a escribir FIN, te hacés caso y pasás a la 45: empezás a leer de nuevo. Sos algo y no te gusta.

Ahí te das cuenta de que si no te gusta, ya dejaste de ser eso. Y está mejor, se supone. Porque el libro tenía razón. En la página 45 está la continuación adecuada para aceptar lo que sos. Y a ver de nuevo. Sos eso y no te gusta.

Nueva conclusión: si el hecho de que no te guste te hace otra cosa, entonces deberías estar siendo otra cosa. Pero error. Porque quizás no te gusta que no te guste. Y es obvio. Pareciera que tu alma está incómoda en tu ser.

En un punto, de tanto leer, se supone que el libro te empieza a parecer descartable. Y ves que lo que leías en algún momento con pasión completa, ahora te aburre. Te parece una novelita romántica. Bienvenido a la adultez.

Se repite el proceso, una y otra vez. Todos los libros que agarrás terminan en la página 45 y empiezan en la 103. Y en un momento te rebelás con el planeta y leer pierde sentido. Ya no te interesa nada que tenga hojas y letritas, que pobres árboles y a sobrevalorar la imaginación.

Pensás un poco. Te divierte. Se te ocurre una oración que tiene música y la escribís en una hoja. Y después son dos. O no. Y tres. O no, no importa.

Cuestión que avanzás en un libro que tiene una sola página: la que tenés en la mano. La que estás escribiendo en ese momento. Y es difícil de transmitir, imposible de recontar y transferir lo que se siente. La página que a vos te emociona la entendés solo.

Aunque nadie te lo diga -y ojalá que así sea- en ese momento te cagaste en la asociación de críticos de críticos de críticos del mundo, y sus escuelas predecesoras. Y te descubrís artisssta, hasta que pierde sentido. Y te volvés lector un ratito. Y al segundo sos escritor y después periodista. Y después pensador, filósofo, papá, hijo y premio nobel de la independencia.

Recién ahí, cuando te sentís todo eso, recién ahí cuando no te sentís nada de eso y no importa, agarrás la página 45 de turno y empezás un asado que te vas a comer con vos y se viene una sobremesa de lo más disfrutable.

Esta chica preguntaba ¿quién te corre? Y nos hizo pensar a todos. Hoy me doy cuenta de que trotar en círculos también se puede ver como una carrera eterna. Y cuando aparece el gusto de trotar, el mismo círculo es una recta infinita que, casualmente y no importa, dobla mucho.