Claustrofobia
No se puede ser transparente por voluntad propia. No se puede planificar ser mejor persona. Etcéteras. Todo razonamiento del razonamiento va en contra del fluir, visto desde el autoproclamado poder de las palabras.
Las causas y consecuencias de la teoría se ven clarísimo desde el helicóptero para turistas. Pero los locales sabemos cómo viene la mano. Las cosas son como las interpretemos. Y volvemos a la fe. Otra cosa que no puede impulsarse desde la conciencia. Tanto más fácil sería todo.
Y hoy estoy más preso que nunca de la red de reflejos condicionados que la enorme mayoría de la humanidad llama emoción. La cadena interminablísima de disparadores me llevan de viaje a lugares que creía conocer, poniéndome cara a cara con la sorpresa de que lo que yo recordaba no está más y la nueva realidad tan tan diferente.
Un día me volví ciudadano del mundo. Viajo a otro lugar con promesas de un mejor futuro. Vivo años en el extranjero, hasta que me empiezo a sentir local. De vez en cuando me llama algún amigo de la infancia que hace que, por unos minutos, sienta ganas finales de volver a lo que crecí llamando casa. Pero corto y me pongo a lavar los platos, y la nueva velocidad del tiempo retoma el control de mi percepción.
Hasta que un día decido viajar a visitar a los que dicen que me extrañan. Por los viejos tiempos. Y comemos juntos, charlamos de cosas del pasado, todo explicado desde el vocabulario de treintañero, si me escuchara mi yo de hace diez años. Y nos reímos, y siento que el tiempo no pasó, porque, claro, los recuerdos se idealizan para el mismo lugar. En ese mundo abstracto todos vemos lo mismo. Pero cada uno tiene su lavar los platos. Y mientras esté en el suelo que me vio nacer, voy a estar en crisis. Ya nunca va a ser lo mismo. Perdí la ciudadanía.
Soy local solo en mis recuerdos y en mis valores. Quizás pueda llamarlo esencia. ¿Pero dónde empieza y dónde termina?
Nadie lo sabe.
Ahora, sé que puedo mandarme mensajes al futuro. Diseñar actos que desaparezcan en el día a día de los años que me esperan, volviéndose disparadores inexplorables. Aunque no creo tener semejante capacidad de análisis. Es una decisión parcial, una apuesta con toda la plata que me queda.
Una canción (olor, imagen, textura, y así) nos recuerda a un momento, un color. La única forma de salirse es reinterpretando. Y hay dos formas de reinterpretar. Relativizar el momento o aplicar la canción a otro color, que lejos de ser puro, va a mezclarse con el primero, cantidades a definir. Nuevos colores, nuevas sensaciones, reinterpretación, nuevas emociones. Pero hay un gran gran problema. La suma de todos los colores lleva al blanco en la teoría y a un gris insoportable en la práctica. Pero es un solo color. Una sola sensación, una sola emoción. Y si hay un sentir normalizado, es como no sentir. Es correr el cero.
Queda fluir. Entender que cualquier cuestionamiento es entretenimiento. Es nadar en distintas direcciones y profundidades, practicar estilos, jugar carreras, divertirse, cansarse, y hasta volverse más fuerte. Pero la pileta es una sola.
La salida es la imaginación. Crear y creer en lo que se crea. Y termina siendo fe.
Y sí, uno puede creer algo completamente diferente. Sugestión hasta que la misma realidad cambie.
Estamos encerrados en el presente con las reglas del pasado y la fe en el futuro.

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