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"Te abre la cabeza" dice la remera más vendida en el freeshop suelo argentino por el que todos los que regresan pasan a comprar regalos olvidados para personas con imagen de corto alcance. Así llegan con su CD y lo ponen una y otra vez, enfatizando diferentes aspectos de la experiencia en función de quien esté del otro lado del vidrio marrón de la botella.
Algunos documentan ese viaje. Fotos papel o digitales, video grabaciones o directamente audio. Es evidencia. ¿Qué significa el viaje para ellos? ¿Dónde está el placer? Quien aparece compulsivamente agregado delante de los paisajes fabulosos que hasta ese momento sólo vió en libros, deja asomar su propia inseguridad. Quien reporta el día a día del viaje a sus seres queridos, es amante del quedirán. Quien trae recuerdos en cualquiera de sus formas, es víctima de alguna clase de culpa. Quien memoriza cosas puntuales pensando en el futuro o pensando en otra gente, tiene problemas de personalidad. Todo fetichismo con el viajar. Y si, me encanta generalizar.
Lo mismo sucede con la vida. Esto de ser propio espectador y crítico y olvidar el papel de actor. Sin darnos cuenta, con el presupuesto aprobado para una película, producimos un documental.
Yo prefiero confiar en mi memoria.
Hoy encontré un archivo. tenemosquehablar.mpg se llamaba. Y le hice doble click. Me emocioné mucho al verla a ella, esperando en la plaza, nerviosa, y yo viajando aterrado, preparado para escuchar las palabras finales, pensando en que tenía que ser valilente, afrontar lo que nunca había afrontado con cabeza. Yo sabía que ella se iba de vacaciones por un mes. Sabía que se iba a Brasil a visitar a su hermana. A vivir el verano de liberación. Pero el esmejorquenonosveamosmás o el enestosdíasquecadaunohagaloquequiera se convirtió en exactamente lo contrario. Inquieta me contó que había hablado con su madre. Que ella le había advertido que estábamos en verano, que yo quedaría solo en Buenos Aires, con ganas de verano, en el sentido que quiera interpretarlo. Y ella, que había visto poco de mí y que tácitamente había aprendido a confiar en esa aparente transparencia, se alarmó, cayó en la realidad y me llamó con urgencia para hablar. Me aclaró lo especial que yo ya era para ella. Me confesó que prefería que yo no estuviera con nadie, dicho esto con la timidez del te amo encubierto. Me partió al medio. Mandé a los soldados a sus casas y llamé a los reposteros. Por primera vez frente a ella desapareció el temor de pisar en falso. Sin contestar le dí un beso. Y caminamos, drenando los nervios, festejando el final de la batalla sin perdedores, mirándonos con amor total y libre.
Cerré el archivo sin fijarme en dónde estaba grabado. Y me dí cuenta de que no es que no me gusten las fotos, videos, grabaciones, souvenirs y libros. Me encantan, de hecho. Pero tengo la necesidad de que nazcan de un proceso natural. De ganarle a la obsesión de dotar de especialidad a momentos desde un título. Porque si no es como un concurso arreglado. Si ya existe un ranking de momentos importantes para la vida de uno antes de vivirlos, vamos a perdernos el paisaje nuevo que se ve por la ventana. Y es necesario que lo veamos, porque ni lo lejos del destino es determinado por el tiempo de viaje, ni lo significativo del viaje es determinado por la distancia recorrida.
