miércoles, agosto 31, 2005

Volver

"Te abre la cabeza" dice la remera más vendida en el freeshop suelo argentino por el que todos los que regresan pasan a comprar regalos olvidados para personas con imagen de corto alcance. Así llegan con su CD y lo ponen una y otra vez, enfatizando diferentes aspectos de la experiencia en función de quien esté del otro lado del vidrio marrón de la botella.

Algunos documentan ese viaje. Fotos papel o digitales, video grabaciones o directamente audio. Es evidencia. ¿Qué significa el viaje para ellos? ¿Dónde está el placer? Quien aparece compulsivamente agregado delante de los paisajes fabulosos que hasta ese momento sólo vió en libros, deja asomar su propia inseguridad. Quien reporta el día a día del viaje a sus seres queridos, es amante del quedirán. Quien trae recuerdos en cualquiera de sus formas, es víctima de alguna clase de culpa. Quien memoriza cosas puntuales pensando en el futuro o pensando en otra gente, tiene problemas de personalidad. Todo fetichismo con el viajar. Y si, me encanta generalizar.

Lo mismo sucede con la vida. Esto de ser propio espectador y crítico y olvidar el papel de actor. Sin darnos cuenta, con el presupuesto aprobado para una película, producimos un documental.

Yo prefiero confiar en mi memoria.

Hoy encontré un archivo. tenemosquehablar.mpg se llamaba. Y le hice doble click. Me emocioné mucho al verla a ella, esperando en la plaza, nerviosa, y yo viajando aterrado, preparado para escuchar las palabras finales, pensando en que tenía que ser valilente, afrontar lo que nunca había afrontado con cabeza. Yo sabía que ella se iba de vacaciones por un mes. Sabía que se iba a Brasil a visitar a su hermana. A vivir el verano de liberación. Pero el esmejorquenonosveamosmás o el enestosdíasquecadaunohagaloquequiera se convirtió en exactamente lo contrario. Inquieta me contó que había hablado con su madre. Que ella le había advertido que estábamos en verano, que yo quedaría solo en Buenos Aires, con ganas de verano, en el sentido que quiera interpretarlo. Y ella, que había visto poco de mí y que tácitamente había aprendido a confiar en esa aparente transparencia, se alarmó, cayó en la realidad y me llamó con urgencia para hablar. Me aclaró lo especial que yo ya era para ella. Me confesó que prefería que yo no estuviera con nadie, dicho esto con la timidez del te amo encubierto. Me partió al medio. Mandé a los soldados a sus casas y llamé a los reposteros. Por primera vez frente a ella desapareció el temor de pisar en falso. Sin contestar le dí un beso. Y caminamos, drenando los nervios, festejando el final de la batalla sin perdedores, mirándonos con amor total y libre.

Cerré el archivo sin fijarme en dónde estaba grabado. Y me dí cuenta de que no es que no me gusten las fotos, videos, grabaciones, souvenirs y libros. Me encantan, de hecho. Pero tengo la necesidad de que nazcan de un proceso natural. De ganarle a la obsesión de dotar de especialidad a momentos desde un título. Porque si no es como un concurso arreglado. Si ya existe un ranking de momentos importantes para la vida de uno antes de vivirlos, vamos a perdernos el paisaje nuevo que se ve por la ventana. Y es necesario que lo veamos, porque ni lo lejos del destino es determinado por el tiempo de viaje, ni lo significativo del viaje es determinado por la distancia recorrida.

martes, agosto 30, 2005

Malinterpretaciones

La cosa de la comunicación hace que el receptor tenga un papel tan activo como el emisor. Mirándolo desde el boxeo, no hay golpe si hay intención sola, si se esquiva o, en el caso más extremo de las paraolimpíadas, el otro boxeador no vidente se quedó dormido y nadie le avisó al que ya escuchó la campana y se defiende de la amenaza fantasma.

Entra en juego entonces la figura del contendiente. Dos no pelean cuando uno no quiere, si se cae el árbol en el medio del bosque y no hay nadie para escucharlo, nadie sabrá si hace ruido, o, en palabras de Duncan, mientras no haya testigos, ¿cómo puede haber un crimen?

Y este contendiente determina el aspecto final del mensaje. Mejor aún, tiene en sus manos la forma final de la intención del emisor. Y puede, si es lo suficientemente hábil, salir impune, dejando sólo al inconsciente que osó decir semejante barbaridad.

"La venganza es el placer de los dioses". Lo que pensando bien parece una recomendación a los mortales de no cometer actos de venganza, porque sólo los dioses tienen la posibilidad de llevarlos adelante, pensando mal -bienvenido el contendiente mencionado- es sencillamente una invitación a ser el mismísimo Vengador, amigo inseparable de Birdman, o Charles Bronson y su rifle en persona. Uuuu, dirá este ser, la venganza es un placer, tomá Irma, te buchoneé con el jefe.

"Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos...:De trabajar...". Nadie puede impedir que trabajes. Pero, señor contendiente, receptor malicioso, intérprete profesional, esto no significa que todos tengamos que tener un trabajo, aunque no lo busquemos. No significa que nos tengan que contratar aunque sea para pagarnos un sueldo y nada más porque tenemos derecho.

"Ama a tu prójimo como a ti mismo". Síntesis de la enseñanaza del barba de las figuritas. Desde mi ateísmo que hace fuerza por convertirse en agnosticismo, no puedo estar más de acuerdo con la frase. A mi juicio, dice "Ama, tanto a tu prójimo como a ti mismo. Ama a todos". Entiendo que haya una idea de igualdad entre los hombres, que nadie descuide de manera desmedida a sus pares, que nadie pierda el respeto. Pero yo no quiero vivir en un mundo lleno de Sadomasoquistas. No quiero que me ame como se ama a sí mismo el señor que se deja los pelos del costado largos para pegárselos a la pelada. Señor contendiente, no me importa qué tanto se ama a usted mismo. Deberá saber, en cualquier caso que soy amable. Tan amable como cualquiera. Es más, soy el amor en persona.

Basta de ejemplos. Creo que en esto se basa mi gran conflicto de estilo. Tanto me molesta que la gente piense mal, tanto me molesta que se malinterpreten las cosas -sea a propósito o sin querer, lo mismo da-, que me esfuerzo por ser claro. De tan claro, a veces aburrido, y más veces todavía, tan poco humano.

Estoy aprendiendo. Y b, quemando.

jueves, agosto 25, 2005

Vicioso

Necesito relajarme para poder escribir desde mí y no desde las estructuras de lenguaje que me gustan. Sentándome a escribir con cierta disciplina podría exorcisarme, ganarle por cansancio a estas vueltas infinitas que comparten la idea de ganar por el mismo camino. Si dedico bastante tiempo a escribir, puedo llegar a tener un poco menos de tiempo para pensar activamente, porque no hay forma de que tolere mi cabeza durante los 1440 minutos. Quizás así pueda vivir un poco, ponerme a punto y disfrutar.

Mi definición de la felicidad al día de hoy es: la sensación que se genera cuando la cabeza vive a la misma velocidad que el cuerpo.

Pero no puedo, porque disparo contra mí en cuanto tengo un minuto libre. Y no hablo de agredirme o hacerme mal. Hablo de sacudirme, de venderme esta realidad como vigilia y no permitirme dormir un minuto.

Y ahí es donde confundo. Cada uno tiene su vigilia, su velocidad de recepción de estímulos físicos y mentales. Así, tiene que haber una felicidad para cada uno.


Ahora, un cuentito improvisación con moraleja, para no alejarme de la punta en la carrera por ser el rey de la metáfora:

Bote salvavidas. Dos hombres. Cero remos. Altamar. Sed y desesperanza. Un ruido, un celular. Alfredo no puede creer que su celular haya sobrevivido al naufragio. Completamente excitado atiende la llamada. Tiene que ser su amigo Jorge que lo espera en la costa de G. Presiona el botón verde y lleva el aparato a su oreja, esperando encontrarse con la voz amiga. En cambio, una voz ni siquiera en vivo que le dice que tiene un mensaje nuevo y una llamada perdida. Alfredo le cuenta esto a Mariano, tartamudeando. Mariano propone que no levante el mensaje. Que, ante la duda de si quedan o no pulsos disponibles, que llame a Jorge, por ejemplo, para pedirle auxilio. A Alfredo esto le parece lógico, pero piensa que si pierde la llamada intentando ubicar a Jorge y no da con él, se pierde la chance de escuchar el mensaje, que quizás fue grabado por Verónica, la chica con la que sale desde hace un par de meses y con quien está viviendo quizás la relación más linda que tuvo en su vida. Debaten un rato y Alfredo decide. Llamar a Jorge, lógico. Es la única puerta que puede llevarlos a salvo. Marca. Suena. Alguien atiende. La voz de Verónica. Alfredo confundido al 102 porciento. ¿Quién habla? ¿Verónica? Es la voz de Verónica, no hay dudas. Se corta la comunicación. Verónica corta la comunicación, indudablemente. Alfredo mira a Mariano. Tendría que haber escuchado el mensaje, le dice. Abrí una puerta sin pensar en lo que podía encontrar. Mariano retruca que es cierto, pero que quizás el mensaje fuera aún peor. Verónica, por ejemplo, diciendo que como no había llegado a tiempo, se iría con Jorge. Y ahí despejaría la duda. Dolor total. Alfredo piensa. Alfredo sufre. Se enoja y revolea el celular, que da justo en la frente de Mariano, que cae hacia atrás, fuera del bote, al agua del mar. Mariano! grita Alfredo. La culpa lo hace saltar. Alfredo no sabe nadar. Mariano tampoco. Alfredo aguanta la respiración cuanto puede. A lo lejos, en medio de la oscuridad que inunda sus ojos, del mar abierto infinito, ve una luz que titila. Me salió bueno el celular, piensa. Y muere feliz.

miércoles, agosto 24, 2005

Días de hoy

Al soltar tu mano también
elegí soltar la mía.
Inventando gravedades
escapando de apuestas impensadas.

Juré por mí sabiendo que mentía
confiando en que el daño se termina.
Y entre tanta violencia vi nacer
un nuevo amor.

Reencarnar con dos virtudes
la memoria más absoluta
y la conciencia más severa.
Prometerme al horizonte
que ya nunca va a terminar.

Quien venga a pisar mi sangre
entenderá.
Esa que marca mis pasos ya no fluye
como la conocía.

La que fluye hoy respiro,
hasta mañana.

martes, agosto 23, 2005

Poesía

Le tengo miedo a la poesía. Y no por los versos que me he comido, ni porque mi nombre rima con cantidad de cosas soeces, ni porque muchas veces miré el "Yo sé" de Feliz Domingo.

Le tengo miedo porque la poesía es más transparente. Porque las palabras van más solas y tienen que aprender a convivir. La poesía es una casita. La prosa es un lugar público. Cuando escribo una canción, la potencia de la música modera el efecto de las palabras. Es la ropa o la decoración. Es la casa de la abuela. Entre quien entre va a decir que tiene olor a viejo y ni siquiera se va a dar la posibilidad de conocer al viejo de 2 años que vive adentro.

La poesía es traicionera, porque nadie habla en verso. Es artificial porque la única experiencia que todos todos tuvimos fue en el colegio. Y no la leímos. La cantamos. Con las mismas notas del Bue nos dí as se ño ri ta. Con esa misma conciencia.

Buenos días.

Ya escribiré algo de poesía. Ya me animaré a andar en calzoncillos por ahí en lugar de contarle al mundo de qué color son.

miércoles, agosto 17, 2005

Acá en la esquina está bien

Siempre dije que el pasado debe ir en el asiento del acompañante y no en el de atrás. Cuando cumple sus doce, debe pasar adelante, así podemos ver mejor la ruta, sin distraernos tanto con lo que pasa atrás o tener que recurrir a Manuelita a todo lo que da para ignorarlo.

Cuando viene adelante lo tenemos ahí. Vivimos con él, nos sostiene el mapa y nos tira datos de las curvas que se vienen así sobrevivimos incluso en los tramos de lluvia o neblina. Además, podemos conversar con él, conocerlo mejor, divertirnos con algunas de las anécdotas que tiene para contarnos o asustarnos con uno de esos cuentos de terror que sabe que nos ponen mal.

Pero, como lo tenemos al lado, al alcance del revés violento, le perdemos miedo. De movida, no puede saltarnos al cuello desde atrás y por sorpresa. Porque es parte de nosotros y todas las maniobras que hagamos las hacemos con la tranquilidad de que lo tenemos a la vista y girando levemente la cabeza podemos verificar cómo está sin depender de espejos que segurmente tenemos parcialmente cubiertos con rosarios, cruces, calcomanías de Flojo´s Boys o fotos de las nena.

Hay días en los que me siento el mismísimo Oscar, el as del volante, el rey de los conitos marcha atrás, el doble de riesgo del rubio de los Duques de Hazard. Pero hay días en los que me siento el alumno. Y el pasado que yo mismo pasé adelante se ríe de mí, porque tenemos el sistema de doble pedal y acelera o frena a gusto. Yo estoy tan concentrado en la dirección que no puedo dedicarle la atención que quisiera al juego de pies. No sé de dónde salió el otro juego de pedales porque yo no lo pedí. Debe estar ahí desde la vez que mandé el auto al taller.

Uno de estos días voy a juntar unos pesos y voy a ir al quisco del subte en donde hace combinación la D con la C y voy a pedir un manual del auto este, así puedo prepararlo, bajarlo un poco, cargarle poca nafta, hacerlo descapotable, sacar mi codo izquierdo por la ventana y levantar chicas.

En el caso de que alguna quiera subir, el pasado irá momentáneamente al baúl, porque si le dejo la chica a mano, me la roba enseguida y se agranda. Debería saber a esta altura el pasado que con las chicas de uno no debe meterse. Y debería yo saber que esto me pasa porque cuando ya no me divierto con ellas insisto para que no se bajen, promtiéndoles que las acerco adonde me pidan, que total yo no voy a subir nuevas chicas por un ratito.

Debería pedirles amablemente que se bajen y vuelvan a sus autos, con lo que sólo quedaría algo de perfume y calor en el asiento por un rato. Después de todo, en este comunismo metafórico, todos empezamos con el mismo auto, mismo modelo, misma cantidad de nafta, mismos conocimientos de mecánica, etc.

Voy a parar un segundo. Desde hace unos cuantos kilómetros escucho un ruidito y no puedo darme cuenta de dónde viene.

martes, agosto 16, 2005

Liberación.

Para elegir la ropa, miro dos cosas: que sea cómoda y que sea especial. Con especial me refiero a que tenga para mi un significado particular, que despierte sensaciones fuertes o que representen un momento estético personal. No un momento como los ochenta o noventa, sino un momento como mi viaje a Villa Gessell, allá por 1996.

Entre otra ropa que compraré cuando deje atrás la indigencia, estarán diez remeras lisas de color claro que pintaré yo mismo con diversas inscripciones o dibujos que sólo yo entienda. Una de ellas dirá: "Somos todos narcolépticos". Quizás alguien la interprete hacia un lado que le cierre. Quizás no. Lo cierto es que habla de la costumbre, de lo fácil que encontramos la comodidad en los lugares que hace dos minutos merecieron el comentario por lo incómodos que eran. Es el canto a la mediocridad, disfrazada de optimismo.

Soy una máquina de justificar, de encontrar explicaciones que me tranquilicen, de hacer el lugar menos incómodo por el solo terror que me da tener que dormir ahí. Si, si, soy un cobarde. Otro día hablaré de mi remera para el espejo, la que va a decir con la tipografía impresa en reverso "Todo va a estar bien". Mi lado racional, mi lado objetivo, mi lado protector, el que sabe "lo que tenés que hacer".

Pasa que después de cada período de justificación, la gente de mi cabeza se cansa de ese gobierno tibio y vota por uno mucho más duro. En el peor de los casos, habrá asumido producto de un golpe de estado o de algún tipo de conspiración invisible.

Y estos son los momentos más duros que me toca atravesar. El momento de la autocrítica feroz, el momento de los castigos correctivos, el momento de escribirme las cartas al personaje de los fines de semana, cartas que casi siempre empiezan con un "escuchame pelotudo:". Lo grandioso, lo que me hace bien, lo que realmente me sirve, es que este dictador no tiene delirios de poder. Sabe que en algún momento la gente se unirá de nuevo y lo echará del sillón presidencial. Y por eso no hay mano dura sin límites. Por eso insiste en decir que todo lo hace por mi bien y de verdad que se lo cree. Porque no es ningún pelotudo, porque sabe que la única forma de gobernar efectivamente es con el apoyo de la gente. Porque sin la gente no hay nada que gobernar. Entonces, desde sus golpes de estado intenta inculcarme los valores, para que después, en plena etapa de democracia, recuerde que con él estábamos mejor y que, si todo sale bien, lo vote y lo haga presidente desde la legalidad.

Si eso pasa, hay que ver cómo se porta. Quizás sea un estúpido reaccionario que una vez en el poder y con el apoyo que siempre buscó no sepa qué hacer, y terminarán por inviertirse los roles. Quizás es lo inteligente que parece,

Me aburro.

En palabras de pueblo: sé que soy un narcoléptico y un cagón. Y ese es el paso uno para caminar. Sé lo que creo que está bien. Y sé que en el fondo, me la re banco. Porque cuando la cosa se pone jodida, hago lo que me sale siguiendo los libros que yo mismo escribí y me va bien. Despierto en un lugar mejor, con recuerdos entrecortados de una noche de tomar el alcohol que creí necesitar para poder ver las cosas que valen la pena. El sol me pega en la cara y, gracias al cielo, tengo hambre y sed. Y lo mejor de todo, tengo plata en el bolsillo que ayer no gasté por una sola razón: ayer no estaba ahí.

"Aparecen maripositas en mi panza cuando me pongo a pensar que voy a estar mejor."

viernes, agosto 12, 2005

Mis primeros 100.000.000

Cuidá los centavos que los pesos se cuidan solos, me enseñó el hombre que, además de tener bastante plata, decía que yo no sabía jugar al ajedrez, que sólo sabía mover las piezas.

Más allá de que su credibilidad quedaba diluída en alcohol (6 partes de alcohol por cada parte de credibilidad), el razonamiento de los centavos fue cobrando fuerza para mí, al punto que hoy lo sostengo y pienso enseñárselo a algún otro durante una charla coon vinofinodemesa de por medio.

Esta frase habla de la vida. Habla de los cambios. Habla de las paradojas más complejas, naturalmente sin resolver:

Tenemos un renacuajo en una pecera. Lo cuidamos, le damos de comer, todo. El pibito empieza a crecer, a desarrollarse. Y un día se parece a un sapo. Y plop, un sapo. Sale de la pecera y le da asco a mamá. La pregunta que plantea esta conocida paradoja es: ¿hay un momento preciso en el que el renacuajo deja de serlo para pasar a ser un sapo? Si es así, ¿cuál? La mejor solución a la que yo llegué es que "renacuajo" y "sapo" son creaciones del hombre, conceptos, definiciones. Por ende, producto de un gran acuerdo, una convención. Entonces, un renacuajo desarrollado para algunos, será un sapo en desarrollo para otros. La realidad es que es una cosa forme en constante movimiento, como todo lo demás. Y cuanto más crece, más se ve el movimiento. Por eso le da asco a mamá.

El quid de esta cuestión es la percepción de los cambios. Cuanto más aguda sea nuestra percepción, más sensibles vamos a estar a los cambios, más cambios vamos a recibir, más cambios de menor tamaño. Algunos invisibles para otra gente, determinantes para nosotros. Y vamos a poder corregir la dirección de a un grado, sin volantazos, sin accidentes, en lo posible.

Pero muchas veces se cruza algún que otro perro o aparece alguna pelota rebelde perseguida por un niño que seguro come en un comedor comunitario relacionado con una línea 0609. ¿Y qué hacemos? Nos equivocamos. Y no por volantear, por no atropellar al perro o niño o pelota, lo mismo da a los efectos de lo que digo. Nos equivocamos por pensar que la dirección postvolantazo del carro es un caso perdido, en manos del azar.

Es cuestión de agudizar los sentidos. De mirar más, de sentir más, de pensar más y mejor. De decidir. De corregir de a un grado, porque ahora todo va más rápido y un grado a tiempo es la diferencia entre aterrizar en Montevideo o en Oslo.

Concretamente, R (a quien llamaremos "R" desde ahora), va a un cumpleaños. Va solo, porque la novia estudia y tiene que rendir temprano. Llega, alcohol, amigos, buena onda, linda gente, mujeres, culos lamibles hadta habdad adí. Vinito en mano navega por el ambiente charlando un poco acá y otro poco allá. Está de novio, autoestima alta, es lindo pibe, está recién bañado y con cara de que cogió esta semana que pasó. De a poco, alguna se fija en él y se larga el histeriqueo. Y ahí está el renacuajo, empezando a crecer. Un poco de comida por acá, una mirada, otro poco de comida, bailemos, otro poco, te rozo con mi mano, otro poco, si, tiene un culo duro y damibde. Todo hermoso hasta que se cruza el niño persiguiendo la Tango 5. Un susurro cerca del oído. El aire caliente, el labio que roza el lóbulo, las caras que se separan despacio, siguiendo la línea de sus mandíbulas, las bocas que pasan a una lengua de distancia. Volantazo. Y, la regla número uno del rally, no abuses del freno porque volcás. La otra estudia en casa y R recuerda que tiene sangre en el cuerpo.

Como es R, probablemente amanecerá en Oslo. La novia aprobará el examen con un 9. El niño de la pelota seguirá pateando a la calle. El auto irá al taller y quedará, en el mejorsísimo de los casos, totalmente reparado para alguien que no sepa que chocó, pero el arreglo habrá costado medio Prode. Y para colmo, ya no funciona como antes. Dependerá R de la prudencia de los chicos. Probablemente se vuelva publicista y arme avisos de "Niño: no te tomes tan a pecho lo de "la pelota es tu vida"".

De amanecer en Montevideo, contará a todos lo buen piloto que es, lo locos que están los chicos hoy en día, la máquina que es su auto y lo rico que está el mate que toma todos los días.

Lo cierto es que Montevideo u Oslo, hay dos formas de hacer las cosas con ganas. Ponerle ganas para hacerlas de mejor modo o encontrar las cosas que ya teníamos ganas de hacer. Ser taxista y laburar 20 horas por día o ser corredor de Fórmula 1.

jueves, agosto 11, 2005

*Impotencia y resignación.

No es una serie policial bizarra. Es una oración que incluye lo peor que me tocó vivir desde que me dieron el papel principal.

De la resignación puedo hablar un rato, pero no. Ocupa el segundo lugar. Siendo como soy, me resingo cuando no queda más que hacer. Entonces siento algo parecido a la tranquilidad de conciencia porque lo intenté todo. Eso creo.

La impotencia es parte del camino hacia la resignación. Desde el auto en el que vas a 120 ves que a tu derecha hay otra ruta. Mucho mejor, sin autos, con un paisaje más agradable, mejor olor y promotoras de Queso Casanto. Y como si esto fuera poco, al final de ese camino está lo que más quieras. Sea un tarro de Chimbote o la Dalmamamá.

Entre los pobladísimos caminos por los que voy -y desde donde veo estas rutas perfectas desde acá- está el camino de las preguntas respondidas. Es algo como el uso deportivo de la entonación, el abuso de la formalidad y de nuevo, invasión.

Disculpá, ¿te puedo sacar la silla? Si decís que no, sos un hijo de remil putas.
¿Me querés? Si decís que no, sos un hijo de remil putas.
¿Te molesta si fumo, hijo de remil putas?
¿Debería hablar con ella? Esto es otro tema. Es el bungee jumping con paracaídas.

Pero peor todavía es la raza de preguntas que tienen una respuesta notoriamente intuída para el emisor. Una respuesta que está más que a la vista, pero preguntemos, ya que estamos. Incluso podemos quedar bien.

¿Y no podés alquilar algo más grande?
¿No tenés frío?
¿Vas a llegar tarde otra vez?

Subestimen.
O estimen, quizás yo me sigo sobreestimando*.

miércoles, agosto 10, 2005

Jaque

Se me ocurrió comprar una cámara digital para producir un catálogo de pelotudos. Sería bueno tenerlo, supuse, por si algún día los seres de otros planetas ponen en marcha el plan del secuestro con fines de investigación, pero tienen la amabilidad, antes de hacerlo, de consultar a alguien a ver si sabe de otro que represente el estándar de la humanidad. Quizás incluso tienen internet.

Siempre me agotó caminar por la calle y toparme con muchísima gente que cuadra a la perfección con la descripción del modelo que busco. Encontrarme con el que se queda parado del lado izquierdo de la escalera mecánica, atorando al resto de la fila, pensando mientras mira para arriba en que ojalá que el tren salga pronto porque llega tarde al trabajo de nuevo. Con el otro, que obstruye la entrada o salida al vagón del subte por miedo a perder su posición tan privilegiada con vista al mar que seguro que le garantiza llegar primero al molinete para salir lo antes posible, impidiendo, incluso que entre alguien que está a segundos de perder el tren. Otra que va caminando por la vereda y sin aviso se frena, porque le pareció ver una cartera a sólo $12, la misma que resulta ser de un material baratísimo y con razón el precio. El que reclama por sobrefacturación porque no sabía que esto de acá costaba tanto. El que decide ir a contramano para zafar de un embotellamiento pensando que cómo pueden ser todos tan tontos de no darse cuenta de la salida. El que le da un peso al pibito que canta, maldiciendo al mismo tiempo a la madre que lo manda a trabajar. El que abre su Guaymallén mirándolo fijo para ver por dónde empieza, mientras deja caer naturalmente el papel, esperando que el Gobierno le dé trabajo a más gente para limpiar esta mugre o peor, ni siquiera. Bueno, y tantos otros. Cantidad.

Y salí. Y foto. Foto. Foto. Fotofoto. Foto. Foto. Foto. Foto. Fotofoto. Foto. Foto. Fotofoto. Foto. Fotofotofoto. Foto. Fotofoto. Foto. Fotofotofotofoto. Foto. Y volví a casa. USB mediante las bajé a la compu, las organicé un poco y las mandé a la editorial que compró mi idea.

Dos días más tarde compré el catálogo. 24 páginas a todo color. En todas, estaba yo sacando fotos con mi nueva cámara digital. Yo en el subte, yo sobre la vereda, yo en el ente regulador.

Maldita teoría de la selección natural.

Llamo y llamo al 0800-ET-PHONE-HOME y no atiende nadie.

martes, agosto 09, 2005

Palabras

¿Y vos qué hacés de tu vida? Escribo y hago música. Ah,¿si? ¿Y qué escribís? Cosas. Cuentos cortos y proyecto una novela. ¿Y de qué tratan los cuentos? Pregunta difícil de responder. Son muchos, cada uno de lo suyo. ¿Y en qué te inspirás? En mí, ¿qué más? ¿Te molesta que hablemos de esto? Un poco. Tengo un tema con las invasiones. Quizás exagerado, pero me canso rápido de hablar de mí con las personas. Por eso escribo.

Es la diferencia entre abrir un bar y crear una playa. La playa está ahí. Que entre el que quiera. Que la contaminen. Que dure lo que tenga que durar. Yo ya la creé. Para mí cumplió su función. Ese es el valor de mis palabras.

Te alabamos Señor.