viernes, octubre 19, 2007

Lluvia feliz

El agua puede ser triste si ponemos la cabeza afuera de nuestro cuerpo. Lloramos, conocimos el mar durante una niñez perfecta, nos quedamos con las ganas de salir a la plaza y disfrutar del sol. Como si el cuerpo sintiera lo que la cabeza manda. Como si fuéramos dos en uno en lugar de uno solo. Como si hubiera una sola belleza.

Todavía no entiendo lo que me pasa químicamente. Sí sé que entender es conformarse con una definición. Así que da igual. La lluvia cae. Moja, riega, ahoga y relaja. Disfrutarla es una cosa. Necesitarla, otra. Predecirla, otra más. Y así.

Fuera de la química, la lluvia es triste cuando no para, igual que el sol. Se prende la luz de la costumbre, algunas cosas se vuelven invisibles mientras se idealizan otras. Nunca conocí a un hijo de heladero que sea fanático del helado.

Lo impredecible le da valor a las cosas. Bendito límite. No sabemos si vamos a morir, lo intuímos. Quizás el Nobel de química del 2045 le encuentre la vuelta a esto del final prometido.

A mí la lluvia me pone feliz. Gracias al sol. Y otra vez el finísimo límite entre la mediocridad y el optimismo.

La conclusión es que lo que uno piensa alimenta lo que siente y lo que siente alimenta lo que piensa. Y está la creencia de que empezamos sintiendo, pero será incomprobable hasta que la embarazada se meta unos cuantos micrófonos y el pibito dé una conferencia de prensa.

Primera pregunta: ¿Qué pasó primero? ¿Sentiste o pensaste?
Primera respuesta: Si no sabés vos, cómo voy a saber yo.
Segunda pregunta: ¿Quién te enseñó a hablar?
Segunda respuesta: No se necesitan maestros para que haya alumnos.
Tercera pregunta: A usted señora, ¿qué come últimamente?

La mina responde, crecen las ventas de los productos mencionados, se prepara un pesebre en Washington (que le ganó en la final a Jerusalem), el pibe nace mientras el padre jura y perjura que el siempre usó preservativo así que es un milagro, mientras la madre se arrepiente de haber dado el ok para la conferencia de prensa, mientras un periodista huele el micrófono que nunca más lavó y mientras el mundo se prepara para lo que quizás sea el enfrentamiento más violento entre distintas religiones.

Al mundo lo hacemos nosotros. En todos los sentidos.
Ojalá que llueva. Por lo menos, que vuelva el frío.