Banco de arena
Es sentir ganas de meterse y nadar mar adentro, sin pensar en la costa del otro lado. Sólo alejarse de la costa en la que la familia espera en su reposera vencida con la heladerita al lado con sandwiches preparados amarreteando el fiambre para que dure más y en una hora comemos así que no te alejes demasiado y mirá que leí en una revista que comer al toque de salir del agua puede matarte instantáneamente, o era al revés.
Escapar de los te lo dijes personales. Buscar terreno desconocido, porque todo viaje de ida es más largo, teniendo en cuenta la velocidad de procesamiento de la información. Y quizás sea una forma de vivir más, siempre de ida.
Es meterse en el mar helado a pesar de que el sol le pegó hasta hace unos pocos minutos y sufrir el choque de temperaturas casi con el placer de tenerlo merecido, por ir en contra de la propia naturaleza y elegir jugarse la vida con ganas de perder.
Bracear administrando mal la energía, porque no importa llegar. Importa pasarla mal, sentir el esfuerzo y cuanto antes llegue el arrepentimiento, tanto mejor. Aunque estaría bien un punto de frialdad como para que no haya costa en ninguno de los horizontes visibles y ya la desorientación sea tal que sólo quede entender por experiencia propia esto de la hipotermia o probar si la plancha de verdad funciona.
Y se acerca la noche y abre la misma puerta que el miedo. Y los dos adentro iluminan el primer intento de arrepentimiento. Bueno, aparece un te lo dije que nos acompañó a pesar de nuestras advertencias. Y vuelve la conciencia más total. Qué hago acá. Qué bueno un plato de algo caliente, y eso que todavía no tengo sed.
Y cuando el mar se confunde con el agua que sale de mis ojos, el cielo cambia de color y se pone como el artardecer rebobinado. Aparece la esperanza y con la esperanza la valentía, y con la valentía se levanta el parásito que durante esas horas estaba de rodillas esperando ser rescatado de alguna forma dictada por la naturaleza traicionera por definición, porque sus planes ya están bien cerraditos y cuando la contradecimos nos deja solos, aunque si fuera por mí no lo haría, sabés que sos lo que más quiero en este mundo.
Pero te morís. O eso creés, hasta que sentís algo nuevo en la punta de tu dedo del pie que despierta tu sistema nervioso. Abrís los ojos y ahí estás, en la misma playa del día anterior. Y ya no sabés si saliste o si te quedaste, si estuviste cerca de la muerte o si sólo te quedaste dormido. O si un bañero te trajo de nuevo o el mar, con ayuda de la luna decidió que no había llegado tu momento y le hizo el gran favor a tu familia de devolverte enterito y con el frío y hambre justos para decirle a tu mamá que los sandwiches que antes encerraban toda su miseria, ahora son los más ricos del universo.
