El asiento de atrás
Un día aprendí que mejor no preguntar si falta mucho. Me di cuenta de que la respuesta venía en dos versiones. O el no, tres cuadras, que interrumpía la paz con la ansiedad de llegando, o el sí, que interrumpía la paz con la distracción forzada y la conversación incoherente vía espejo retrovisor.
El viaje siguiente decidí no preguntar en voz alta. Sabía que poco no faltaba, porque me dieron abrigo y estábamos a horas o a kilómetros del frío más cercano. Me senté con la nuca apoyada en el respaldo, la ventana apenas abierta para cortar el mareo y las piernas desparramadas aprovechando que tenía todo el asiento para mí y un bolso que nunca había visto en mi vida.
A las trece cero dos, hora de mi reloj digital, dejé de pensar en adónde vamos, distraído con un paisaje nuevo. Una plaza repleta de árboles que no dejaban ver del otro lado, un edificio grande que podía ser una facultad o algo del gobierno, algunas casitas todas iguales. No podía pensar en llegar cuando no sabía dónde estábamos.
Bajé la vista unos segundos, porque sentí algo raro abajo de mi pie derecho. Era un caramelo viejo y ahora pisado, pero con papel. No tenía ganas de ananá, así que lo guardé en el bolsillo. Cuando volví a mirar por la ventana, autopista. El viento me hacía cerrar los ojos.
Adelante hablaban. Tengo muy presente esas voces, los tonos, las pausas y hasta las miradas. Pero nunca retuve, quizás defensivamente o quizás porque no importaban, ninguna de las palabras que se cruzaron. No quería interrumpir. Yo invisible era mejor para todos.
Para no cerrar la ventana, me corrí hasta el medio del asiento, esquivando los ojos del espejo retrovisor. Mantuve la espalda contra el tapizado, para poder mirar hacia adelante sin tapar atrás. El paisaje de frente no es para mirar. Ese nomás se recorre. Te separa del lugar al que estás yendo. Marca el clima, la hora y otros obstáculos que definen el cuánto falta.
Pensando en esto, se me ocurrió hacer la pregunta indirecta. Robar la respuesta sin perder la paz de la ignorancia. Me incliné hacia adelante y apoyé un codo en cada asiento. ¿Dónde estamos?, pregunté aprovechando un silencio en la charla de ellos.
Falta poco, me contestaron. Por lo menos eso creo, traduciendo miradas y tono. No me acuerdo de palabras, pero de golpe el paisaje de frente apareció como paisaje y ese asiento de atrás pasó a ser el único asiento del auto.
