Deyabú
La niñez es un viaje de ida. A toda velocidad incorporamos cantidad de imágenes, colores, olores, etcéteras. Son esas imágenes las que van a convertirse en parámetro de todo, no sin antes atravesar el exigente filtro de la idealización.
No recuerdo volver del colegio los días de invierno. Pero en verano el ritual era inigualable. Cruzar la puerta de entrada era sumergirse en una encantadora corriente de aire frío. Mi cuarto estaba a la derecha, apenas entrando al departamento. Quizás por eso fantaseé tantas veces con ser la primera víctima del par de ladrones armados que ingresaran para llevarse lo necesario para salvar la semana. Mi camino era repetido. Entrar a mi cuarto, dejar la mochila, correr al baño. El baño, especialmente frío, porque no recibía luz del sol directa en todo el día. Pis y a la cocina. La cocina angosta pero larga. Gran mesada de mármol que me servía de escalón para alcanzar el tupper con anillos surtidos. Anillos cuando no había mucha suerte. Más de una vez me encontré con boca de dama bañadas en chocolate. Un bol antiguo de plástico turquesa, un puñado de galletitas para satisfacer mi vista más que mi hambre y para asegurarme no tener que volver ahí, un vaso de metal con leche fría y mucho Nesquik (cuando no había Coca) y urgente al cuarto de mi mamá. Dos razones me llevaban hasta allá. Cama de dos plazas al lado de la televisión, que en ese entonces no tenía control remoto, y soledad, porque mis hermanos copaban mi cuarto, que también era suyo. Boca abajo sobre el cubrecama fresco y agradablemente texturado elegía qué mirar entre las pocas opciones que proponía la televisión a principios de los ochenta.
Alcanzaba grados de concentración inconcebibles. Me abstraía de la realidad al punto de ignorar si había alguien conmigo en la cama o atravesando la puerta de ese cuarto, camino obligado de paso al baño. Durante la tanda comercial, giraba sobre mi cuerpo y quedaba tendido boca arriba disfrutando de la sombra, las galletitas que rescataba del plato sin mirarlo, como si fuera ciego y sabiendo que me quedaba una tarde por delante en tierra firme.
Desde mi salida de ese departamento me fue imposible reconocer otro lugar físico como mi propia casa. Por esto me volví seminómade, rechazo el almacenamiento de objetos triviales, ítems coleccionables o adornos e incluso libros, que regalo inmediatamente después de leer.
Durante un tiempo supuse que esto sucedía porque ese lugar era alquilado, porque mi salida no fue un momento agradable para nadie y porque, al ser un chico todavía, mis responsabilidades eran lavarme bien el pelo cuando me bañara y de vez en cuando ordenar como requisito para ir a algún lado. La contención múltiple, llamémosla.
Me reencuentro a veces con esa sensación cuando estoy en mi departamento acostado en la cama, la persiana casi cerrada, televisión prendida o música, luz roja, puerta cerrada con llave, teléfono desconectado, agua fresca y algo para picar.
Pero me dí cuenta de que ninguna de las mencionadas es la verdadera razón de mi incomodidad con todos los nuevos lugares. La verdadera razón es que descubrí que el secreto de mi verdadero bienestar estaba en mi cabeza. Un espacio vacío, tranquilo, con la puerta bien cerrada, con sombra, temepratura ideal, comida y bebida ilimitadas a mano y una realidad predecible. Todo paz.
Así es como encuentro la paz en muchos nuevos lugares ahora. En el tren cuando va semivacío, en el trabajo por la mañana, en la casa de ella, en la calle a la noche. Sólo necesito olvidarme del tiempo y el respeto de los límites, voluntario o involuntario, por parte de quienes me rodean.
Es buenísimo no depender de un lugar físico. Es lo peor entender que los demás tienen tanto poder sobre esa paz. Debería hacerme más caso cuando digo que si uno está tan pendiente de si va a llover o no, nunca se va a animar a poner el pedazo de vacío en la parrilla.
Tengo hambre.
