viernes, marzo 31, 2006

La montaña

Parque de diversiones, de día. Hombre joven que va por primera vez. Deslumbrado por los juegos mecánicos. Cuanto más a merced de ellos está, más disfruta. Necesitaba un sacudón controlado, un maltrato con techo. Su vida hasta ese momento venía increíblmente monótona: despertador, quince minutos de noticiero, parada de colectivo, colectivo más que lleno, oficina, café, trabajo, almuerzo, tarde de trabajo light con momentos de diversión y rondas de mate clandestinas, parada de colectivo, colectivo lleno, su casa, comida sencilla, tele, dormir, despertarse para apagar la tele, dormir. Los fines de semana no eran muy diferentes, quizás menos trabajo y más colectivos con los sábados de salida obligada. Pero esta vez eligió algo diferente. Ir solo al parque de diversiones. Llenarse de emociones sin posibilidad de liberarlas al compartirlas con alguien. Llenarse de emociones hasta la sobredosis. Superar el no tengo palabras para describir esto. Y casi que lo logra. Su pico de sensaciones tiene lugar arriba de la montaña rusa. La subida eterna, excesivamente lenta que hace que su cerebro pregunte cuanto falta como cuatro veces, la bajada fatal que carga de impulso el tren para que cubra el recorrido. En pocos minutos se fanatiza. Nunca se sintió así en su vida. Es felicidad, intensidad al punto de que se olvida de que tiene puesto un cinturón de seguridad y teme por su vida, y le encanta. No tiene mucho que perder y sin embargo, sabe que cuando baje va a agradecer estar con vida, es renacer, una segunda oportunidad. Pero algo pasa, algo confuso. Se empieza a hacer de noche y el tren no para. Ya sus ganas de seguir subido no son tan claras. Mira para todos lados, al igual que el resto de los pasajeros, pero no hay señales de que el aparato vaya a tranquilizarse. Y empieza a desesperarse. Grita hasta perder la voz.

Dos días después la recupera y aprovecha una de las subidas para preguntarle a su compañero de fila si sabe hasta cuándo van a seguir así. El compañero desconoce la respuesta por completo, pero empieza una conversación. Una semana después se hacen amigos. Ya sólo hacen silencio en el punto de la bajada fatal. El resto del tiempo se la pasan a los gritos, a veces ayudándose con señas de las manos. Incluso se prometen actividades sociales para cuando todo termine, presentarse a las familias, viajar a algún lado, un asado, etc. Ya no pierden la voz, porque sus gargantas ya se acostumbraron al maltrato inicial, ya son otras. Sus cuerpos ya entienden el ciclo del equilibrio y dos semanas más tarde, zafan de sus cinturones de seguridad y pueden mantenerse en pie sobre los carritos, salvo cuando el gusano de metal hace el giro tirabuzón. Ya son íntimos, compañeros de viaje se llaman el uno al otro.

Dos meses más tarde ocurre la tragedia. El amigo pierde el equilibrio en la bajada fatal y cae. Irónicamente muere en el punto fatal. Nuestro hombre instintivamente se coloca el cinturón de nuevo y no deja de mirar atrás, llorando desconsolado.

Al final de esa vuelta la formación se detiene. De golpe un silencio total. No parece que fuera a arrancar de nuevo. Algunos se apuran a bajar, recuperando su libertad, algo mareados pero decididos. Algunos de ellos llegan a la reja y vomitan, como tantos lo han hecho. Nueva gente se sube con un entusiasmo que a nuestro hombre le parece demasiado, pero le recuerda al suyo.

A punto de bajarse él, ve que una linda mujer ocupa el lugar del difunto. Duda unos segundos y decide quedarse. Si resistió una vuelta, resistirá otra. Y esta relación puede ir un poco más allá de la amistad. De sólo pensarlo se pone interesante.

miércoles, marzo 22, 2006

El resto

Un elefante se balanceba sobre la tela de una araña. Como veía que resistía fue a llamar a otro elefante. Así hasta que el que canta se cansa, y la tela se rompe. Elefanticidio, bolas de pool y ceniceros para todos.

Esto de la curiosidad y los límites, ver hasta dónde podemos empujar antes de que algo se caiga. Es ceguera voluntaria frente al límite más visible, más inevitable: la muerte.

La inmortalidad mataría el sentido del carpe díem. Entonces, como no cumplimos el carpe díem, como nuestra mediocridad no es variable, como somos unos cagones de mierda, vamos a mover lo que debería ser fijo: el final. Recordarlo todo el tiempo de la manera más idiota. Llamando al elefante que pasa por ahí, diciéndole "boludo, a que no te animás". Y se anima. Y se balancea. Y la sangre corre. Una rara forma de carpe díem. Una estúpida forma la de comprar ropa más grande para sentirnos más flacos.

La cosa es para adentro. Aceptar la incertidumbre, respetar ese final. Saber que se viene y hacer foco en el acá.

Minicuento:
Un pibe muy bolas consigue lo que supone el trabajo de su vida, asistente del fotógrafo de playboy. Festeja con la familia, todo. Se viste lindo, se peina seis veces antes de salir, y raja para ser el primero en llegar. El primer día lo retan un par de veces porque se cuelga mirando las minas en lugar de asistir, que para eso le pagan. Incluso una de las minas lo basurea. Pero a la noche se junta con los amigos después de tocarse y les cuenta algo que los mata de envidia. Segundo día y prometió estar más atento. Labura un punto mejor, pero su jefe no lo reconoce. Saltamos al mes dos de laburo. El pibe se da cuenta de que el cargo de sus superiores está terriblemente bien pagado. Y quiere llegar. Se propone laburar mejor. Religiosamente se toca de noche decodificando las imágenes que entraron en su cabeza, pero por la puerta asexual. Se copa tanto con las técnicas de quienes lo rodean, con sus capacidades de generar admiración en estas mujeres hermosas, que va y se anota en un curso. Estudia duro. Se recibe y ya pasaron como tres años. Las chicas que empezaron cuando él empezó ya copan la red. El no, pero discute con sus amigos todas las noches que se juntan. Ellos no entienden, esto es un laburo serio, no es mirar minas en bolas, manga de pajeros. Los amigos se ríen y se van, casi para siempre. Nuestro protagonista cambia sus amistades, se codea con gente que quiere codearse. Da y recibe. Hasta se hace un par de amigas modelos. Sale en revistas y abajo de su foto dice "Sabrina y cía". El es cía. Sigue sin conseguir novia, a pesar de que tuvo unas cuantas experiencias sexuales, las primeras para ser contadas, las segundas para no ser contadas. Busca alguien que lo admire. Se pasó de raza. Ahora está entre los que producen lo que todos miran sin preguntarse quién lo produjo. Así se siente, productor. Sin embargo, sigue siendo asistente porque admira profundamente a su jefe, es el fotógrafo con el que todos quieren estar. El tiene ese puesto y nadie más. Decide empezar terapia, porque se siente vacío, incomprendido, perdido. Dos años más tarde abandona la terapia. El día que tomó la decisión caminaba a su casa y ve a dos chicos pegando unos carteles en la calle. Hablan y se ríen. Cuando lo cruzan lo miran raro porque él los mira fijamente. Se ponen serios, murmuran algo con desconfianza, algo que incluye la palabra puto y se van. El asistente exitoso se queda mirando el cartel. Una obra de teatro. Escrita, dirigida, producida y actuada por perfectos desconocidos. Infelices fracasados, pero se reían, la pasaban bien. Asistente llega a su casa, abre internet con idea de buscar pornografía, que siempre lo transporta, pero termina leyendo textos de blogs desconocidos que lo emocionan. Lee y llora hasta quedarse dormido.

De repente todos los elefantes se volvieron sordos. Ninguno más quiere pisar la tela de la araña. La araña vuelve a tener motivos para ser feliz. Nadie le espanta a las moscas. No lo puede creer y escribe un libro. Se hace famosa. Los elefantes que ya no tienen ganas de ver si esa tela es resistente, porque ya lo leyeron en estos libros, dedican su tiempo a otra cosa y todos se hacen famosos y escriben libros. Todos son grandes admiradores de todos, todos se contagian las ganas, todos escriben, todos leen y son felices hasta que se mueren.

miércoles, marzo 15, 2006

Siete años de mala suerte

Un día me desperté y no había más espejos en casa. Como pasaba poco tiempo ahí y tenía el pelo más corto que ahora, no le di mayor importancia. Afeitarme no era difícil y lavarme los dientes tampoco, así que la vida sin espejo no fue tan complicada después de todo.

A veces quizás en alguna vidriera o en el espejito que hay en cada vagón de subte, incluso en el vidrio de la puerta del tren justo antes de que se abriera, me miraba, corregía mínimamente mi peinado y corroboraba que no tuviera migas, perejil y otros invasores faciales indeseables.

Así viví un tiempo largo sin que nadie lo notara. A los ojos de todos yo era el mismo de siempre. Pero algo pasó que me complicó las cosas. Otro día, seguramente producto de no mirarme en el espejo con la suficiente frecuencia, mi cuerpo empezó a desaparecer. Cosa rara, porque los demás no lo notaban.

Animal de costumbre, me adapté a la perfección. Todo lo resolvía en el momento. Me afeitaba acariciando mi cara, me lavaba los dientes lamiéndolos para ver si ya estaban, me peinaba despeinándome en realidad y adoptando una actitud de no me importa soy así. Todo lo demás lo hacía de memoria. Y cuando me surgía alguna duda, me acercaba a otra gente y conversaba, inventando observaciones que derivaran en una descripción de mí completamente casual. Como "qué largo tenés el pelo, te crece mucho más que a mí", o "tengo que empezar a hacer ejercicio". Así me manejé por años. El silencio de los otros era mi propia aceptación. Si nadie me decía que estaba mal, entonces no debía estarlo, y así.

Pero llegó mi maldito cumpleaños. Y los que me quieren decidieron regalarme un espejo, justo de la medida del que se había esfumado años antes. Apenas se fue el hombre desagradable que lo instaló me paré frente al vidrio plateado y me impresionó lo que vi. Estaba yo, como nunca me había visto antes. Con canas y menos pelo, dejado, desprolijo, mal vestido, con una postura bastante desagradable y un gesto parecido a una sonrisa pelotuda que desapareció instantáneamente cuando la noté.

Horrorizado salí a la calle. Necesitaba hablar con la gente que me rodeó durante los últimos años. Retarlos, exigirles explicaciones. ¿Cómo no me habían avisado? ¿En qué me habían dejado convertirme? Como lo ví, eran todos culpables. De una forma u otra todos me aseguraban que habían intentado llamar mi atención, hacerme notar diplomáticamente que no iba por el mejor camino. Pero nunca los ví, eso dijeron. Imposible que no los viera. Enojado, confundido volví a casa. Todavía no podía ver mi cuerpo sin ayuda del espejo. A pesar de que buscaba mis brazos, mi torso, nada. Podía tocarlo, pero no verlo. Me indignó que nadie hubiera hecho nada por mí. Para ellos yo nunca me había ido, sólo que ahora me movía gracioso como si tuviera hormigas adentro de la ropa.

Lloré mucho por el tiempo perdido. Insulté a toda toda la gente que conozco. Me resigné a vivir en un departamento con ascensor sin espejo y con palier sin espejo. Y lloré de nuevo.

Horas más tarde con las lágrimas secas sobre mi cara caminé hasta el baño. Me purifiqué con agua helada, me miré un rato corto para no sentirme tan mal y salí apurado, sin escalas, hasta el gimnasio, y me anoté.

Esto fue hoy. En unos minutos tengo mi primera sesión. Decidí ponerme mi mejor remera y peinarme para el otro lado.

jueves, marzo 09, 2006

Dirección asistida

No puedo decir que me sobraban diez pesos, pero los tenía en el bolsillo, sin destino asignado. Un marrón y una ciudad de ofertas acariciándome como manos que salen de las paredes de un pasillo largo y angosto. Y ahí estaba yo, haciendo combinación de subtes. Del verde al azul, para terminar en un tercer tren hacia el ala norte de la ciudad.

Hay un camino entre andenes, una opción de salida para arrepentidos o desorientados, u período de transición bordó con un kiosco en el medio. Un negocio bizarro que vende golosinas además de pilas y mentitas.

Pasé apurado, sólo movido por la costumbre de caminar a la par de amigos altos, y mirando al piso, actitud habitual en mí desde que me hice amigo de Asfalto, el dios de la calle que me regala plata de vez en cuando, quizás porque no lleno su reino de papeles.

Me llamó la atención una vidriera justo frente al kiosquito. Espaciosa pero repleta de objetos tan difíciles de vender como una tuerca si no existieran los tornillos. Entre estos objetos un libro: Manual del Renault 6. Notable. El dibujo del auto en la tapa me trajo lindísimos recuerdos. De la ciudad poblada por esas máquinas allá por los años 70 y de los Duravit, autos de juguete que acortaron muchas de mis tardes.

Embobado por este bienestar y magnificando el hecho de mover ese libro que quizás descansaba ahí desde hacía años, hablé con la empleada del kiosco, se lo pedí. Diez pesos. Seguí camino en cero pero con una joya literaria en la mochila.

Cuando llegué al tren me encontré solo en el vagón y aproveché para hojearlo. Interesantísimo libro, si yo hubiera sido dueño de un taller mecánico abandonado entre 1977 y 1980. Empezaba el movimiento resignado para cerrarlo y guardarlo en la mochila convirtiéndolo en una anécdota sin moraleja cuando leí el título de una sección que me llamó la atención: "Dirección". Hacía rato que me sentía perdido. Así que se me ocurrió el juego de verme como un Renault 6 y tomar el libro como un manual de autoayuda. Desconocía si iba a servirme para algo más que para entretenerme, pero el viaje en tren era largo y tenía tiempo.

Leí la sección unas cuantas veces y apliqué los contenidos a mi persona. Estudié cómo manejarme en superficies inestables, cómo salir airoso de un momento extremo inesperado y cómo mantener la dirección deseada, entre otras cosas.

Cuando levanté la vista del papel, había llegado a mi estación. Guardé el libro y olvidé el suceso.

Tengo que decir que desde ese momento tomé conciencia de la sutileza como concepto general, entendí que un movimiento corto hoy puede desviarme por completo del plan original y que, conociendo la mecánica de las cosas ya no puedo encontrar responsabilidad en los factores externos de la locación en la que termine.

Con diez pesos me compliqué la vida. Pero ojo, si aprendo a manejarme mejor puedo llegar hasta a salvar vidas, empezando por la mía. Mientras tanto sigo coleccionando víctimas, además de encontrarme con un profesor más exigente cada vez que voy a rendir de nuevo el exámen para que me den la licencia, examen que claramente repruebo una y otra vez más allá de andar por la calle con total impunidad.