La montaña
Parque de diversiones, de día. Hombre joven que va por primera vez. Deslumbrado por los juegos mecánicos. Cuanto más a merced de ellos está, más disfruta. Necesitaba un sacudón controlado, un maltrato con techo. Su vida hasta ese momento venía increíblmente monótona: despertador, quince minutos de noticiero, parada de colectivo, colectivo más que lleno, oficina, café, trabajo, almuerzo, tarde de trabajo light con momentos de diversión y rondas de mate clandestinas, parada de colectivo, colectivo lleno, su casa, comida sencilla, tele, dormir, despertarse para apagar la tele, dormir. Los fines de semana no eran muy diferentes, quizás menos trabajo y más colectivos con los sábados de salida obligada. Pero esta vez eligió algo diferente. Ir solo al parque de diversiones. Llenarse de emociones sin posibilidad de liberarlas al compartirlas con alguien. Llenarse de emociones hasta la sobredosis. Superar el no tengo palabras para describir esto. Y casi que lo logra. Su pico de sensaciones tiene lugar arriba de la montaña rusa. La subida eterna, excesivamente lenta que hace que su cerebro pregunte cuanto falta como cuatro veces, la bajada fatal que carga de impulso el tren para que cubra el recorrido. En pocos minutos se fanatiza. Nunca se sintió así en su vida. Es felicidad, intensidad al punto de que se olvida de que tiene puesto un cinturón de seguridad y teme por su vida, y le encanta. No tiene mucho que perder y sin embargo, sabe que cuando baje va a agradecer estar con vida, es renacer, una segunda oportunidad. Pero algo pasa, algo confuso. Se empieza a hacer de noche y el tren no para. Ya sus ganas de seguir subido no son tan claras. Mira para todos lados, al igual que el resto de los pasajeros, pero no hay señales de que el aparato vaya a tranquilizarse. Y empieza a desesperarse. Grita hasta perder la voz.
Dos días después la recupera y aprovecha una de las subidas para preguntarle a su compañero de fila si sabe hasta cuándo van a seguir así. El compañero desconoce la respuesta por completo, pero empieza una conversación. Una semana después se hacen amigos. Ya sólo hacen silencio en el punto de la bajada fatal. El resto del tiempo se la pasan a los gritos, a veces ayudándose con señas de las manos. Incluso se prometen actividades sociales para cuando todo termine, presentarse a las familias, viajar a algún lado, un asado, etc. Ya no pierden la voz, porque sus gargantas ya se acostumbraron al maltrato inicial, ya son otras. Sus cuerpos ya entienden el ciclo del equilibrio y dos semanas más tarde, zafan de sus cinturones de seguridad y pueden mantenerse en pie sobre los carritos, salvo cuando el gusano de metal hace el giro tirabuzón. Ya son íntimos, compañeros de viaje se llaman el uno al otro.
Dos meses más tarde ocurre la tragedia. El amigo pierde el equilibrio en la bajada fatal y cae. Irónicamente muere en el punto fatal. Nuestro hombre instintivamente se coloca el cinturón de nuevo y no deja de mirar atrás, llorando desconsolado.
Al final de esa vuelta la formación se detiene. De golpe un silencio total. No parece que fuera a arrancar de nuevo. Algunos se apuran a bajar, recuperando su libertad, algo mareados pero decididos. Algunos de ellos llegan a la reja y vomitan, como tantos lo han hecho. Nueva gente se sube con un entusiasmo que a nuestro hombre le parece demasiado, pero le recuerda al suyo.
A punto de bajarse él, ve que una linda mujer ocupa el lugar del difunto. Duda unos segundos y decide quedarse. Si resistió una vuelta, resistirá otra. Y esta relación puede ir un poco más allá de la amistad. De sólo pensarlo se pone interesante.
