martes, julio 25, 2006

Irresponsable

Cierro los ojos el tiempo de diez parpadeos juntos. Cuando los abro estoy en la cama de arriba. Tengo 15 años difíciles. Es domingo, principios de Marzo. Hace un ratito terminé de comer mis hamburguesas y prendí la tele, que ahora está en avisos. Miro al techo y mi cabeza se descontrola. Mañana es lunes y vuelvo al colegio, primer día del tercer año. No quiero ir. Me aburre el colegio, me duele. Fijo la vista en la gaviota que cuelga del techo. Junta polvo y anécdotas de chicos que se aventuraron a pararse en las alturas para verla volar. Quizás en ese momento tomo conciencia de todo. No puedo entenderlo todavía, pero lo siento. Guiño un ojo y apunto el índice de mi mano derecha al extremo de las alas del bicho de madera. Como si lo dibujara sigo el borde, cortándolo del techo casi blanco. Así le doy más de tres vueltas, sintiéndome solo, incomprendido incluso por mí. Cierro los ojos antes de escuchar que terminan los avisos.

Abro los ojos y es de día. Debe ser muy temprano. La casa está en silencio. ¿Cómo hacen todos para dormir tanto sabiendo que en el living están los regalos esperando? Sin reparar en el sueño de mis hermanos, salto de la cama. Camino rápido al living. En el fondo, prefiero que nadie se despierte. El momento de la sorpresa va a ser para mí solo. Y estando solo no hay filtros. Las luces del arbolito están prendidas. Los colores reflejados en el piso de madera me contienen. No me detengo a pensar por qué. Miro mi lugar. No puedo creerlo. El muñeco es igual al personaje de la televisión. Y no está solo. Hay más cosas. No puedo con tanta felicidad. Ahora sí, quiero que todos se despierten, pero para ver qué les trajo a ellos. Puedo ver, sin embargo, que a mi hermano le trajo el archienemigo. ¿Habrá querido decir algo? Qué importa. Es igual. Aprieto la caja y cierro los ojos.

Es el 2001 cuando vuelvo a vivir. Estoy sentado en las mesas de afuera del lugar barato para almorzar. Me acompaña ella. La miro y me produce tanta confusión que no puedo ocultar el miedo atrás del amor que siento. Me dijo muy claro lo que quería y me pareció inobjetable. Somos novios, basta de inventos. El otro mira, feliz, amigo, parte. Nos vio crecer hasta ahí. El laburo de mierda no interesa, es laburo. Yo soy músico y lo demás es desorden. Momentos de dolor y de placer. La magia del contraste. La casa extraña de los libros revueltos y la cercanía a una relación con El que estoy inventando por completo, pero con fe total. Conversamos de temas triviales, siempre encarados de formas tan divertidas. Los negros bailan bien porque son descendientes de los esclavos. Es verdad, pienso satisfecho, y cierro los ojos.

Los abro y es ahora. Nunca la tuve tan difícil. El pasado me resulta amistoso, quizás porque lo conozco cada vez mejor. El presente es el nunca la tuve tan difícil. Y pienso en esto de romper el tiempo, en la teoría del Ultimo momento. Desesperante.

Pero qué linda canción.

viernes, julio 21, 2006

El profecional con c

La plata trae la plata, la necesidad trae necesidad, la bondad trae bondad, la flexibilización trae flexibilización, y así. Todo indica que la más importante es la primer decisión y que después uno es esclavo del círculo vicioso, del que sale recién cuando se da cuenta de que está en él, unas vueltas más tarde.

Hoy, una vez más, soy víctima de mi falta de decisión. Acá estoy, diciendo que acá estoy, intentando tratar de salirme. Lo bueno es que o estoy en movimiento o estoy quieto puteando, como el maratonista que se frena para recuperar el aire viendo como el malón se escapa.

Ejemplo:
Tengo la mano marcada en la frente de la cantidad de veces que soy testigo de torpezas mayores. Pensando en una torpeza, recuerdo cómo me propongo pedir trabajo cuando no tengo, insisto hasta que me lo dan. En ese momento tengo mi segundo de felicidad, soy útil. El foco, que viene del -5 pasa por el cero y puedo ver. Tres minutos después, el foco sigue sumando y ya veo lo mismo que Andrea Bocelli. Y se me va el tiempo, que tendría que aprovechar para cavar con mi cuchara abajo de la cama, pero que cuando llega, me encuentra llorando porque la cuchara es chica y me tienta a pedir tareas nuevas que me hagan sentir un preso activo.

El problema es siempre la forma de ver el problema. El mismo hecho concreto tiene la lectura de la felicidad total y de la angustia insoportable. La condenada relatividad. Y, puestas las milanesas sobre el papel absorbente, lo único que queda es la parte humana, como si hubiera otra cosa.

Pero ¿hasta dónde es sano prfundizar las relaciones con los compañeros de trabajo? Hasta donde sus criterios lo permitan, es la respuesta. Y perdón por la mala palabra.

La confianza hace que reparemos en la parte humana del otro, la parte falible. Nos vuelve unos comprensivos nivel Disney. Entonces cuando la cosa era para las cinco y son las seis y todavía no está lista, decimos: "bueno, para las seis y media, pero por favor, porque si no me matan". Hola, soy Goofy. Sacate una foto conmigo. Mientras tanto, desde las cinco y diez, tenemos a otro pibe medio agazapado, cansado de esperarnos con la mano hacia atrás, para que cuando le pongamos en ella el testimonio, corra lo más rápido posible para ser aunque fuera un poco responsable del triunfo, si se logra. O, si la cosa va mal, dormir tranquilo porque hizo lo que pudo. Obviamente, cuando lleguemos a las ocho de la mañana del otro día, nos va a mirar con cara de "me estás cagando" y va a ir más despacio, para tener tiempo de inventar algo al próximo en la carrera.

El trabajo es trabajo. Las relaciones profundas son otra cosa. Si querés mezclar, se puede, pero hay que ser muy despierto. Está buenísimo trabajar con amigos porque cuando es hora de salir ya están ahí para salir a tomar algo. NINGUNA OTRA RAZON.

Y no, no soy tu amigo.
Soy tu compañero de trabajo contra mi voluntad. O mejor dicho, a pesar de ella.