Tierra a la vista
Primero el ataque. Descontrol en cámara en mano. Inestabilidad y pánico. La gente corría mirando para adelante, pero pensando sólo en lo que dejaba atrás. Escapaban de ruidos que nunca antes habían escuchado, de imágenes de familiares violentamente asesinados, con la lógica falta de respeto por la vida humana de quien no es humano. Nadie tuvo los segundos para intentar entender la estructura mental de los seres. Todo fue demasiado rápido, devastador. Explosiones, terremotos provocados, fuego, sangre, gritos, todos corriendo hacia lugares diferentes, mirando su ciudad con ojos de turista o de quien está despidiéndose de todo. Miles de personas en pocos metros cuadrados, cada uno completamente solo. Fuera teléfonos, fuera medios de comunicación, fuera internet, fuera luz eléctrica y gas.
Nos encerramos en una casa. Nunca antes la había visto, ni siquiera por afuera. Creo que estábamos en zona oeste. Quizás Ramos Mejía. Eramos cinco. No recuerdo muy bien quién me acompañaba, pero éramos dos hombres y tres mujeres. Me acuerdo de que antes de entrar corría junto a Mariana, pero la mataron en el mismo momento en que toqué la puerta, la alcanzó un rayo que la carbonizó sin darle tiempo de gritar. Ninguno sufrió demasiado la pérdidad. La imagen del cielo cubierto de enormes naves ultratecnológicas era tan imponente que absorbía todos nuestros pensamientos.
Entramos y cerramos puertas y persianas. Recién ahí, a oscuras, nos presentamos.
Dos semanas más tarde al mirar por la ventana, se podían ver las filas de naves que recorrrían el cielo con actitud de vigilancia, quizás comercial. Ya casi no quedaba comida y el agua de las canillas salía cada vez más turbia. Alguien iba a tener que salir, arriesgar su vida para salvar la de los demás, para ver lo que estaba pasando afuera, evaluar si era posible organizar una resistencia, encontrar alguna señal esperanzadora.
Salí yo. Había superado el pánico inicial y necesitaba saber qué había sido de Mariana, aunque eso significara encontrar sus restos. No la había visto morir. Existía la posibilidad de que nos hubiera perdido de vista en medio de la explosión cercana y que ahora se encontrara encerrada en alguna casa vecina con otras personas.
Salí por la parte de atrás. Me sentía sucio, pero no me importaba nada. Morir no podía ser peor que lo que estaba viviendo, así que ni pensé en encontrar refugios temporarios. Caminé por las calles del barrio con menos miedo que cuando lo hacía antes del ataque.
Era raro, todo estaba limpio, todo nuevo, como si el ataque nunca hubiera pasado. Sin embargo, bastaba mirar para ver que los cientos de miles de vehículos voladores de distintos diseños y tamaños seguían ahí, transitando por vías invisibles. De todos modos llegué al lugar en donde había existido una parrilla. Ni rastro de Mariana.
Decidí saltar el cerco, salir a la calle. Ya con mis pies sobre el cemento me pareció ver un hombre que parecía policía. Pantalón azul oscuro y camisa del mismo color. Ningún distintivo sobre sus hombros y ningún sombrero. Caminaba tambaleándose, como si hubiera tomado de más. Le grité y detuvo la marcha. Corrí hasta donde estaba. Tdavía agitado, Le pregunté qué es lo que había pasado y si sabía dónde podía conseguir algo para comer. Sin decirme nada, empuñó el arma y me apuntó. Su cara se transformó. Su gesto ahora era de resignación feliz. Estábamos a menos de un metro el uno del otro así que no tenía sentido tirarme al suelo o escapar. Tampoco tenía sentido pedirle por mi vida. A esa altura me daba lo mismo. Un final sin dolor era casi tentador. Su dedo encontró el gatillo y disparó. Clac, nada. Clac, clac, clac. Me miró abatido y soltó el arma antes de lanzarse a correr desaforado hacia el sur.
No iba a perseguirlo. Estaba demasiado cansado y comer era ahora lo más importante. Decidí caminar hacia el supermercado coreano de la zona. Con suerte podría rescatar algunas latas de conservas o galletitas. Era necesario sentirse mejor para organizar el contraataque liberador. Los seres ya estaban en todos lados. Doblé la esquina y pude ver la reja azul del mercado. Estaba abierta.
Para mi sorpresa el mercado estaba ordenado y funcionando, con luz eléctrica y todo. Dos coreanas, una en cada caja, me miraron cuando entré. ¿Qué pasó?, pregunté. No contestaron. No me sorprendió.
La costumbre compañera había hecho que todavía tuvera mi billetera encima, así que me tranquilicé, elegí un carrito y busqué la góndola de las latas. Tenía plata como para llevar comida como para tres o cuatro días. Elegí algunas latas ignorando los precios. Mi boca ya estaba inundada de saliva.
Cuando volví a las cajas las coreanas no me sacaban la vista de encima. Apoyé las diez o doce latas en la cinta de la caja, al alcance de la mano de la coreana más joven. La chica pasó cada una por el lector de códigos, para después tirarlas en una gran bolsa blanca lisa. "Trantados", me dijo. Le ofrecí mis cincuenta pesos. Automáticamente abrió la caja y tomó mi billete. Me llamó la atención el interior de la caja. No había billetes marrones de diez o verdes de cinco. No había Mitres ni Sarmientos. Eran todos del mismo color, un amarillo potente, casi luminoso, con bordes plateados.
Recién cuando estuvo por guardar el billete, se dio cuenta de que era gris y negro, cincuenta, Sarmiento, y me dijo "ete no prata, ete si", mientras me mostraba uno de los billetitos amarillos que parecían juegos de raspadita. "Prata nueva, peso no má", me dijo amablemente, mientras señalaba un cartel impreso con letras extrañas que no eran chino, ni coreano, ni ruso, ni árabe. Era la primera vez que veía dibujos como esos.
