Pasajero
La gente de la calle no sabe lo que la ducha caliente de la mañana le hace a mi cuerpo. Así me miran, pidiendo que con los ojos yo les confirme que estoy enfermo o loco, que soy un huérfano buscando la mamá que me traiga el abrigo, o un adulto con partes de adolescencia rebelde pendientes, o un soltero con el sistema social atrofiado pretendiendo que alguna mujer se fije en esa valentía para andar de mangas cortas por el invierno, o peor, un marginal sospechoso que va a pedirles una moneda para viajar o les va a robar un minuto de su amable atención con algún acto repleto de voluntad pero vacío de habilidad.
Se quedan con las ganas, incluso las señoras que esperan que yo desmienta el comentario que le hacen a su compañera de asiento de tren, que hasta el segundo anterior era un número de documento imposible de recordar.
No puedo contarles nada porque en ese momento estoy apagado, en modalidad pasiva, viviendo en algún lugar del futuro más o menos cercano. Contarles sería volver, aparecer ahí, presentarme e inmediatamente necesitar abrigo, entre muchas otras cosas.
Queda un día por delante, tan enorme que nadie podría enfrentarlo con plena conciencia. Un día que no puede tocarme mientras esté saliendo de mi ducha caliente. Un día que vive de la sangre de cualquiera, pero se vuelve inofensivo cuando no es invitado.
Es de noche cuando llego a casa solo y cierro la puerta. Es ahí cuando sintonizo con el presente, recupero la plena conciencia y camino derecho hasta la cocina. Busco el hambre en la heladera abierta y el frío en el horno recién prendido. A veces poniéndome uno de esos buzos que no conocen la luz libre. Y así vivo mi día: leyendo, escribiendo, escuchando o haciendo música, mirando televisión, levantando varias veces los cero mensajes nuevos, cocinando, comiendo. Mucho tiempo sentado, hasta que me alcanza el sueño.
Ahí cambio ropa por sábanas y frazadas y me relajo, para que horas después, la ducha caliente pueda hacer lo suyo.
