Algodón
Primero un roce en la cara, seguido por una palabra. Perdón femenino, que sale de su boca.
Abro los ojos y me encuentro apoyado sobre su pecho, con la nariz sumergida en la tela de la remera que ya perdió el olor a recién lavada. En ese momento el sonido de la televisión entra por mi oído destapado. Mi otro oído recibe tenues sonidos de su cuerpo. Hambre, digestión, no sé. Su corazón y su respiración, seguro. Cierro los ojos. Quizás pueda volver a dormir.
Las palabras sueltas en inglés que llegan a mi cabeza me obligan a preguntarme qué película estará mirando. Ni me imagino la hora que es. Cosa que me pone feliz cuando me doy cuenta de que es sábado. Dos días por delante. Con ella o sin ella, no importa ahora. Vuelvo a tratar de dormir.
Abro los ojos y caigo en nuestra cama. Ella no está. La ventana está apenas entornada, lo suficiente para que corra un vientito que me hace pensar que afuera está más fresco de lo que parece, mirando el sol que entra aprovechando la persiana abierta hasta la mitad. Recostado sobre mi derecha, busco en un movimiento el borde de la sábana y del acolchado y los subo, hasta pasar la línea de mi cuello. Al subirlos mis pies sienten cómo la parte de abajo los presiona contra el colchón que no debería estar tan frío. ¿Dónde se habrá ido?, empiezo a preguntarme, pero no llego a extrañarla. Escucho ruidos que vienen de la cocina. La heladera que se cierra, sutiles choques, quizás de un vaso contra la bandeja en la que va a venir. Ojalá.
Pienso en prender la televisión, pero no quiero arruinar el momento volviendo a la realidad. Me contento con creer que es antes del mediodía y si no, realmente no importa. Prefiero quedarme así. Extraño la sensación de la remera sobre la que descansaba un rato antes. Apoyarme en su cuerpo, sentirla tan tan cerca y sentirme tan protegido, aunque todos, incluida ella digan que es siempre al revés.
Al fin aparece ella. Bombacha y remera, y la bandeja en sus manos. Un desayuno a la cama. Café, supongo, tostadas, mermelada, qué importa. Apoya la bandeja en la punta de la cama, pidiéndome cuidado de no patearla. Se sienta al lado mío. Enseguida la invade la sana envidia cuando me ve tapado, tan cómodo, tan pasivo. Así que, todo rápido, baja la bandeja al suelo y se acuesta al lado mío.
Me abraza fuerte. Buen día, me dice, y me cuenta que está fresco y que no llamó nadie. La abrazo y le propongo quedarnos así hasta el lunes a la mañana. Se va enfriar el café, me dice, como si fuera a importarme.
