martes, agosto 06, 2013

El condenado cero

El juez leyó la sentencia que a nadie le pareció lo dura que tenía que ser. Los años pasan más rápido afuera. Entre tanto insulto se gritaba la palabra perpetua, que, salvo en la cabeza del condenado, subrayaba que veinte años después todavía puede existir la vida por delante y una segunda oportunidad para llegar adonde nadie llegó nunca.

Se había leído en los diarios que no había celdas ni presupuesto para que los nuevos presos fueran a una cárcel común y se estaban evaluando alternativas que evitaran decisiones retroactivas que pudieran sentar precedentes peligrosos. Para suerte o desgracia del condenado, le tocaba ser el primero en vivir las consecuencias de la innovación forzada.

Buscando una solución que pudiera extenderse a los futuros delincuentes sin distinción del delito, se inventó una Comisión mixta que se llamó 'de Alternativas Penitenciarias'. Formada en partes iguales por organismos de derechos humanos, personal de la policía, del poder judicial y ciudadanos comunes elegidos entre unas docenas de voluntarios, la Comisión propuso una salida muy criticada por atrevida, a pesar de que la defendía la lógica.

Las cárceles iban a ser lugares exclusivos para quienes estuvieran cumpliendo condena de por vida. Para el resto, incluido el condenado cero, se aplicaba el nuevo sistema: el culpable estaba obligado a elegir un trabajo cualquiera que iba a cumplir en forma remota desde su lugar de reclusión por el tiempo que durara su condena; su desempeño en el trabajo, evaluado mensualmente, fijaba un nivel de ingreso que se dividía en cuatro categorías; una parte importante de ese ingreso sería destinado a un impuesto en cuotas, a manera de multa, descontado el mismo día de pago; con el resto del salario, podía el condenado elegir el lugar en el que iba a cumplir su pena; fue este el punto más cuestionado por la prensa y el público; a los términos 'cárcel común' y 'cárcel de máxima seguridad', se agregaba el de la 'casa segura'; en este lugar, el nuevo preso podía recibir dos tipos de visitas: durante la semana incluido sábado sólo de la pareja que hubiera declarado al comenzar la condena, autorización irrevocable e intransferible, para evitar cargar de trabajo menor a los juzgados, y los domingos entre las once y las seis de la tarde, un círculo íntimo libre pero limitado a una cantidad de tres personas adultas o dos personas adultas y dos menores; la comida sería adquirida por teléfono en forma semanal y entregada dentro de las veinticuatro horas siguientes, previo cobro por débito automático.

La Comisión explicó que de esta manera se protegían los derechos humanos a partir de un trabajo digno y una vida en familia y de mejor calidad, y que no había camino más corto a la reinserción social que una reinserción social controlada. Como beneficio adicional, se publicó el detalle de los recursos de todo tipo que se ahorraba con este nuevo sistema. 'El espíritu del proyecto es que el delincuente pierda sólo su libertad, sin dejar en el camino dignidad, salud mental y física', dijo en la televisión el juez de turno, vocero de la Comisión.

Mientras el condenado cero probaba la vida en la que se había encerrado por veinte años, se organizaron marchas en dos sentidos. Unos indignados con la condición de vida cómoda de estos delincuentes que merecen sufrir lo que hicieron sufrir. Otros pidiendo que se les diera acceso a los mismos derechos de esta gente que por el camino del mal llegó a un trabajo digno y a una vida de autosuficiencia.

De a poco, las distintas cámaras de empresarios y comerciantes fueron trabando acuerdos con el estado para que, a cambio de exención de impuestos y otras condiciones favorables, otorgaran puestos de trabajo a los nuevos llegados al sistema. Al tiempo, tanto delincuentes como beneficiarios del plan no encontraban razones para abandonar el camino que ellos mismos habían elegido y renovaban, una y otra vez, sus contratos con los empleadores.

Más tarde, se fueron liberando las cárceles, por la muerte o conmutación de penas de los condenados y rompió récords todos los meses el superávit estatal.

En el futuro, el sistema no sólo había logrado garantizar una mejor calidad de vida para los encerrados, sino que por efecto rebote sirvió para reducir el índice de criminalidad a niveles nunca vistos.

En su octavo año de condena, el condenado cero fue encontrado muerto junto al cuerpo de su mujer. Según el informe forense, se suicidó después de desesperados intentos fallidos por salvar a su esposa, que había ingerido una cantidad letal de analgésicos mezclados con alcohol.

viernes, marzo 22, 2013

Un año

Hay un problema cuando el tiempo se vuelve cosas.

Cuando un día visto con los ojos cerrados es el cajoncito con un final que no se entiende bien dónde termina y estaba así cuando llegué, entonces no se cambia. Los años se miden en velas y las personas en logros. Gran, enorme error de lectura que nos empuja a dar más cosas por sentadas, a suponer que los bordes de los cuadritos del cómic tienen que algo que ver con el reloj.

El problema es que el miedo al desorden le gana al amor natural al orden. La estructura sostiene en lugar de contener.

Orden y progreso, dicen los vecinos que siempre tienen el pasto más verde, y la razón que tienen.

Después dice el dotor que el equilibrio es salud, que guarda con esto, que la calidad de vida se construye y que la prevención es mejor que el tratamiento, como si fueran cosas diferentes. La hiperconciencia nos divide y crea hipocondríacos. De los de las enfermedades y de los de todo lo demás. El mundo cambia lo diet por lo light para no mentir, dicen, y dan un paso para adelante en el precipicio de la verdad.

Llega un punto en el que los carteles de cuidado tapan el paisaje. Al final, se entiende por qué mejor la quietud que el movimiento. Viajar pareciera ser saltar de una piedra a la otra con el mapa de ida.

Llegará el día en el que podamos cruzarnos con alguno sin necesidad de darle la tarjeta personal que dice lo que somos. Terminaste en esto, hacés lo tuyo y qué suerte que tenés. Afuera las injusticias mayores que nos ponen en un lugar de justicia que estamos obligados a agradecer. Si vivir no fuera lo lindo que dicen que es, acostumbrémonos a los señaladores lisos.

No sé son malas palabras. En el norte abusan de la resolución del año nuevo. En el sur de dejar atrás lo que pasó. Siempre un punto de referencia. Siempre un parámetro a la vista. Siempre un indicador que va a parar a nuestro boletín para que firmen nuestros tutores que nos echan en cara cuando pueden el esfuerzo que hicieron para que estemos donde estamos.

Pasaron años de la nada misma. Fue mi manera de negar esos parámetros. Ahora están. Aparecen con la gente que me rodea y no hacen mal.

Ayer escuché palabras de fe que, frente a un pasado complejo, negativo y jefe, respondían "renuncie a todo eso". Una revelación. Se puede renunciar. Es gracioso hacerlo cuando está aprobado. Se siente delito inventado, adrenalina de álbum de vacaciones.

Se vienen tiempos mejores. Ojalá quede lugar para profecías autocumplidas. Parece un tratamiento efectivo para la vida más buena.

Orden y progreso. No en ese orden.

lunes, octubre 17, 2011

El asiento de atrás

Un día aprendí que mejor no preguntar si falta mucho. Me di cuenta de que la respuesta venía en dos versiones. O el no, tres cuadras, que interrumpía la paz con la ansiedad de llegando, o el sí, que interrumpía la paz con la distracción forzada y la conversación incoherente vía espejo retrovisor.

El viaje siguiente decidí no preguntar en voz alta. Sabía que poco no faltaba, porque me dieron abrigo y estábamos a horas o a kilómetros del frío más cercano. Me senté con la nuca apoyada en el respaldo, la ventana apenas abierta para cortar el mareo y las piernas desparramadas aprovechando que tenía todo el asiento para mí y un bolso que nunca había visto en mi vida.

A las trece cero dos, hora de mi reloj digital, dejé de pensar en adónde vamos, distraído con un paisaje nuevo. Una plaza repleta de árboles que no dejaban ver del otro lado, un edificio grande que podía ser una facultad o algo del gobierno, algunas casitas todas iguales. No podía pensar en llegar cuando no sabía dónde estábamos.

Bajé la vista unos segundos, porque sentí algo raro abajo de mi pie derecho. Era un caramelo viejo y ahora pisado, pero con papel. No tenía ganas de ananá, así que lo guardé en el bolsillo. Cuando volví a mirar por la ventana, autopista. El viento me hacía cerrar los ojos.

Adelante hablaban. Tengo muy presente esas voces, los tonos, las pausas y hasta las miradas. Pero nunca retuve, quizás defensivamente o quizás porque no importaban, ninguna de las palabras que se cruzaron. No quería interrumpir. Yo invisible era mejor para todos.

Para no cerrar la ventana, me corrí hasta el medio del asiento, esquivando los ojos del espejo retrovisor. Mantuve la espalda contra el tapizado, para poder mirar hacia adelante sin tapar atrás. El paisaje de frente no es para mirar. Ese nomás se recorre. Te separa del lugar al que estás yendo. Marca el clima, la hora y otros obstáculos que definen el cuánto falta.

Pensando en esto, se me ocurrió hacer la pregunta indirecta. Robar la respuesta sin perder la paz de la ignorancia. Me incliné hacia adelante y apoyé un codo en cada asiento. ¿Dónde estamos?, pregunté aprovechando un silencio en la charla de ellos.

Falta poco, me contestaron. Por lo menos eso creo, traduciendo miradas y tono. No me acuerdo de palabras, pero de golpe el paisaje de frente apareció como paisaje y ese asiento de atrás pasó a ser el único asiento del auto.  

lunes, agosto 15, 2011

Escribe tu propia aventura

Sos algo y no te gusta. Entonces, dos opciones. Si querés aceptar lo que sos, pasá a la página 45. Si querés ser otra cosa, pasá a la 103. En ese momento te das cuenta de que lo que estás leyendo es la página 45 y, lamentablemente, es la última del librito.

Ahí aparece la conclusión más terrible. Sos el encargado de escribirle FIN a la página que quieras. Y como, por definición, nadie se anima a escribir FIN, te hacés caso y pasás a la 45: empezás a leer de nuevo. Sos algo y no te gusta.

Ahí te das cuenta de que si no te gusta, ya dejaste de ser eso. Y está mejor, se supone. Porque el libro tenía razón. En la página 45 está la continuación adecuada para aceptar lo que sos. Y a ver de nuevo. Sos eso y no te gusta.

Nueva conclusión: si el hecho de que no te guste te hace otra cosa, entonces deberías estar siendo otra cosa. Pero error. Porque quizás no te gusta que no te guste. Y es obvio. Pareciera que tu alma está incómoda en tu ser.

En un punto, de tanto leer, se supone que el libro te empieza a parecer descartable. Y ves que lo que leías en algún momento con pasión completa, ahora te aburre. Te parece una novelita romántica. Bienvenido a la adultez.

Se repite el proceso, una y otra vez. Todos los libros que agarrás terminan en la página 45 y empiezan en la 103. Y en un momento te rebelás con el planeta y leer pierde sentido. Ya no te interesa nada que tenga hojas y letritas, que pobres árboles y a sobrevalorar la imaginación.

Pensás un poco. Te divierte. Se te ocurre una oración que tiene música y la escribís en una hoja. Y después son dos. O no. Y tres. O no, no importa.

Cuestión que avanzás en un libro que tiene una sola página: la que tenés en la mano. La que estás escribiendo en ese momento. Y es difícil de transmitir, imposible de recontar y transferir lo que se siente. La página que a vos te emociona la entendés solo.

Aunque nadie te lo diga -y ojalá que así sea- en ese momento te cagaste en la asociación de críticos de críticos de críticos del mundo, y sus escuelas predecesoras. Y te descubrís artisssta, hasta que pierde sentido. Y te volvés lector un ratito. Y al segundo sos escritor y después periodista. Y después pensador, filósofo, papá, hijo y premio nobel de la independencia.

Recién ahí, cuando te sentís todo eso, recién ahí cuando no te sentís nada de eso y no importa, agarrás la página 45 de turno y empezás un asado que te vas a comer con vos y se viene una sobremesa de lo más disfrutable.

Esta chica preguntaba ¿quién te corre? Y nos hizo pensar a todos. Hoy me doy cuenta de que trotar en círculos también se puede ver como una carrera eterna. Y cuando aparece el gusto de trotar, el mismo círculo es una recta infinita que, casualmente y no importa, dobla mucho.

martes, agosto 11, 2009

No cierres tus ojos

El mundo piensa en cinco sentidos, salvo cuando habla de algunas mujeres o de amigos de Brusgüili. Mucho documental filmado, mucho libro escrito y mucho otorrinolaringólogo canchero porque cubre el 60% del rubro.

Yo empiezo a entender que es uno solo.

Suena esta canción y ahí estoy yo, en medio del principio de la fiesta, mucho más tímido que ahora, mirándola de lejos en la oscuridad intermitente, fantaseando con la promesa de hablarle antes del próximo lento, quizás el último. Y apoyo mis manos en la cintura y me sorprendo de encontrarme en camisa escocesa planchada, adentro del pantalón de jean. Todo tan ajeno ahora. Probablemente un suéter en los hombros, porque mamá me pidió con cara de esto solo te pido que no lo pierda. Pero no es tan terrible, porque hay otros en la frecuencia Ken.

Igual, ahí estoy, solo y quieto, como posando para mi yo de ahora, para darme tiempo de adivinar todo lo que pasaba por esa cabeza de 10 años, tapada por un corte que no elegí, mirándola fijo a ella, sin darme cuenta de que cada minuto alimentaba la sensación de fracaso de más tarde, la sentencia de que mejor arrepentirse de lo hecho que de lo no intentado y la envidia de cualquier personaje de película de universidad que terminaba dándose un beso con la chica del poster después de vueltas descontroladas del destino.

Ella no me ve, ni chico ni grande. Aunque esté oscuro, sabe que la miro, pero sigue en su mundo de chica popular. No huele mi colonia, no sabe de mis ganas de probar el sandwich de miga que se afina húmedo en mi mano, o un trago de jugo diluído, frío sólo cerca del hielo, en el vaso apoyado en la mesa al lado mío.

Y yo grande me pregunto, sentado a un costado, por qué no hay registros de la siguiente canción o de la anterior. Por qué esa sola nada más. Por qué la recuerdo a ella con tanta precisión y no puedo recordar cómo volví a casa ese día, ni con quién intercambié palabra, si es que lo hice.

Qué conexión extraña llenó el cajón en mi cabeza con tantas cosas que no van a cambiar.

Y Pensándolo mejor, me doy cuenta de que el cajón es mucho más grande. Y que este recuerdo es la capa exterior de un mundo de sensaciones menos concentradas: la síntesis de una época. Un vaso terminando de llenarse para pasar a servir en el que viene.

Conozco el universo paralelo 1985. Estuve ahí y no me cuesta completar lo incompleto, aunque para eso tenga que hacerme de elementos de otros universos. A esta altura no me daría cuenta tan fácilmente.

De una cosa estoy seguro. Si efectivamente yo grande estuviera sentado en esa silla cerca de la ventana, mirándome, mirándola, teniendo la posibilidad de llamarme y recomendarme el próximo paso para llevarme una mirada con sonrisa de ella a la cama, definitivamente eligiría no hacerlo. Ganar esa sonrisa sería perder este recuerdo pentadimensional. Pero mucho peor, sería perder la posibilidad de sentarme ahí de grande haciendo que me sienta menos solo de chico.

No pienso en placer por contraste. Pienso en los cinco sentidos, para que cuando vuelvan a ser uno, la sensación pueda ser mucho más plena.

Ahora este momento se volvió la capa exterior. La misma canción suena, y sin embargo me siento mejor. Hice de la canción una puerta para visitarme en el otro universo. Hice a la chica mucho más hermosa cuando no le hablé.

martes, junio 16, 2009

V

Por necesidad, la vista y el oído perdieron el derecho a la no invasión. Si uno pudiera, a fuerza de fe voluntaria, elegir qué ver y qué no ver, qué escuchar y qué no, se complicaría la convivencia: cada uno viviría en su propia dimensión (eso si aceptamos la posibilidad de apagar lo que nunca fue prendido).

Da miedo escribirlo, pero la invasión es requisito para la vida social. Comunicar es invadir, y necesitamos comunicar. Y volvemos de nuevo al más nuevo de los nombres del demonio: sentidocomún.

Como el abuso es definido por el uso, si sube al colectivo el payaso que pretende alegrarte el día obligándote a sacarte los auriculares para aceptarle un caramelo transpirado, cuatro de cada diez pasajeros van a alegrarse, agradeciendo que este desocupado virtual les dé tema de conversación para lo que queda del viaje, y cinco de cada diez van a seguirle el juego, porque el señor está obligado a hacer esto, para no salir a robar. El otro de cada diez soy yo, testigo indefenso de la transformación de la no invasión en invasión y viceversa. Mi cara de pierna de ases invade la cara de feliz cumpleaños del dueño de kodak de los otros. Invado por no invadir. Anormal.

Mientras tanto, destino recursos a la búsqueda de personas que sintonicen con mi anormalidad. Y cada vez que aparece una, me siento un poco más cerca de la casa que alguna vez tuve y perdí cuando empecé este viaje.

Al principio aparece como un viaje sin sentido, porque buscamos volver al punto de partida, pero con el tiempo se convierte en un período de formación necesario. No es lo mismo la casa de uno cuando se está de viaje y mucho menos cuando se conoce el afuera. La cueva se siente diferente, como dijo primero Platón y después Wilma.

En materia de comunicación, los emisores son ingobernables. Entonces, sólo queda hacer la carrera de receptor y volverse uno muy profesional, capaz de filtrar cosas con el suficiente disimulo como para no terminar en el loquero.

Noescuchonoescuchonoescucho con las manos en las orejas dejó de ser una opción(*) por dos razones. La primera porque suele ser demasiado tarde para ponerlo en práctica. Sólo los chicos ponen una clara cara de quiero pelear. La segunda, porque como dice el Pupi, la vida te entrena, y te da la capacidad de salirte de un lugar a fuerza de imaginación, o de interrumpir a fuerza de palabras dichas en su justo tono y volumen, por qué no apoyadas en un gesto.

Pero cuidado. Es la invasión destructiva la que nunca se olvida. Me acuerdo en qué libro está cada teamo que me dijeron, pero me acuerdo en qué página, párrafo y renglón están las palabras feas.

(*) salvo que venga el aviso negligente de la temporada 3 de la serie que recién empezaste a mirar y el control remoto esté sospechosamente lejos de la mano pero cerca del televisor.

No me gusta el asterisco como fin de un texto, así que lo termino con una frase de esas que uno mira sin querer en el último renglón del último capítulo del libro y se condena a arriesgar teorías automáticas que buscan completar ese espacio entre la página por la que vamos y el punto final:

Si se murió o vivía a pocas cuadras, me daba lo mismo. Empezaba el duelo aceptando que la persona que yo había conocido no existía más.

viernes, noviembre 07, 2008

El espejo

Sólo en el fondo, la soledad tiene que ver con lo físico.

Una línea de texto digital puede ser mucho más compañía que un abrazo. Un segundo de recuerdo, incluso inventado, es más que un estadio lleno para devolvernos al lugar seguro.

Muchos buscaron el consuelo en la falsa creencia devenida verdad por repetición de que nacemos y morimos solos. Y no estoy pensando en las condiciones de una madre, en el instinto y esas cosas. Pienso en sintonía y fluidez, para mí tan cerca de la paz, tan sinónimo de felicidad. Claramente no nacemos solos. Y es terrible y hermoso que la vida empiece con la compañía como necesidad. Porque al final, todo lo que se aleje de esa sensación corre el riesgo de pasar por muerte.

"Dormí tranquilo, yo voy a estar al lado". No importa si a los cinco minutos un ovni o un paro cardíaco empuja a haber mentido. Hasta la mañana siguiente no voy a estar solo. Es como mirar tele sentado en el sillón al lado del perro viejo, mirando a cada rato si todavía respira. Mientras respire va a ser, desde su ultrapasividad, la excelente compañía que siempre supo ser.

Es un tema de comunicación, donde tiene que haber receptor, aunque lo estemos inventando. Y teniendo que creernos esta mentira para que funcione, termina siendo una cuestión de fe.

La soledad es la falta de reacción de lo que nos rodea, es perder la capacidad de interactuar, de cambiar la historia. Es el encierro en la modalidad de personalidad más ciega de todas, porque cualquier otra también puede ser buena compañía.

Y dependiendo tanto de interpretaciones, claro que se puede caer en la más absoluta soledad, simplemente por no saber ver la compañía presente. Puedo sentirme tan solo aunque el mundo me jure que puedo contar con él.

Hoy no me siento solo, pero creo haber entendido por primera vez una colección de cosas en mi cabeza que no voy a poder comunicar a corto plazo a los entes de afuera. Quizás de a poco me muestre mejor y sienta una sintonía creciente. Quizás me olvide de esto que escribo y el placer venga por otro lado. Quizás estoy en medio de una catársis que sólo muestra que cuando no me siento como en este momento, tengo compañía envidiable, en cantidad y calidad.

De chico dije "soy la persona más feliz de mi vida". Una frase que de grande me hizo entender lo feliz que era.

Ahora siento que la gente que descarga el camión de fletes está bajando las últimas cosas y que los amortiguadores vuelven a descansar, y ya pronto arrancamos hacia otro lado. Quizás a casa, quizás a algún trabajo peor. Pero qué sana es la incertidumbre. Por eso es tan importante envolver los regalos de los chicos.

A los que dicen que hay que aprender a estar solo, les digo que la única manera de llevarse bien con la soledad es confiar en que se va a terminar. Me pasa con la lluvia. Hace rato que no llueve.